Comido por los chanchos

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Caminaba por Avenida Corrientes y Carlos Pellegrini cuando lo vi. Llevo seis años viviendo en Buenos Aires pero nunca le había prestado atención. Lo recordaba más pequeño. A lo mejor, fue el hecho de ver por televisión a tanta cantidad de personas colgadas arriba y a los costados de los famosos arcos dorados, lo que hacía que el edificio me pareciera más chico e insignificante.

Recuerdo que estábamos todos parados frente al televisor que había en el living de casa. Gonzalo y yo no entendíamos por qué estábamos mirando las noticias con tanta preocupación, pero mamá no dejaba de decir que se había ido todo al carajo. “¿Qué pasa ma?”-pregunté, pero ella seguía atontada frente a la pantalla que, de vez en cuando, dejaba de funcionar y había que darle algún que otro golpecito para retomar la transmisión.

Años más tarde, me enteraría de que fue en diciembre de 2001. Sin embargo, en ese momento solo podía deducir que era verano porque hacía mucho calor y ya no íbamos a clase.

Gonzalo tenía cinco años, estaba inquieto y no paraba de correr por la habitación pidiéndole a mamá que pusiera dibujos animados. “Esperá, negro, esto es importante”. Mamá nunca nos decía que no. Esta vez era algo grave. Lo único que me atraía era el local porque amaba ir a comer ahí cuando viajábamos. Imaginaba que hubiera estado buenísimo poder estar ahí y aprovechar, mientras todos se preocupaban por el fuego, para robarme todos los muñequitos que venían en La Cajita Feliz. Aunque ya tenía muchos, pero quería más.

Mamá dijo que tendríamos que cancelar el viaje a Capital porque era peligroso. Gonzalo empezó a gritar que no quería pasar la navidad en Villegas porque Papá Noel no iba a saber cómo llegar hasta allá o que, peor aún, podrían comérselo los chanchos jabalís que había visto en el campo de su amigo Octavio. Yo le pegué en la nuca y le dije que era un bobo porque Papá Noel no existía. “No entendés nada”- hizo una pausa para pensar y agregó – “vos decís eso porque sos mala y sabés que no te va a traer regalo”. Pero le recordé que el Papá Noel que pasaba por lo de la abuela era negro, como el tío Pepe, y que el de las películas era blanco y más gordo, y que, entonces, todo era una mentira. Creo que no quiso admitir que yo tenía razón.

De repente, un presidente que decía no ser aburrido se estaba fugando en helicóptero. Mamá estaba muy enojada. “De la Rúa”, repetía. Me acordé de que ese era el que había ganado en el último cierre de campaña al que nos había llevado papá. En los afiches, junto a ese señor, había una señora que tenía un par bolsas en los ojos a la que le había puesto un sobrenombre que no recuerdo. Yo le decía a papá que con esa cara no iba a ganar, pero él decía que eso no era importante y que, de última, se operaba. Me daban ganas de vomitar.

Había algo que me resultaba muy gracioso: nunca ganaban los que quería papá y cuando pasaba, se escapaban. Mamá decía que había pasadizos secretos por los que este señor había huido. ¿Pasadizos secretos? ¡Era espectacular! Visualicé los que describían en los castillos de los cuentos que leíamos en la clase de inglés y pude sentir esa adrenalina en carne propia. “No, Malena, algún día vas a entender que eso está mal”. Agarró el teléfono y llamó a mis abuelos: “Hola vieja, nos quedamos acá”.

Ilustraciones hechas por Emilia, mi hermana de 9 años. 

2 comentarios en “Comido por los chanchos

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