1. Un país de paro

 

La clase de Publicidad era una de las pocas cosas que le despertaba ganas de prestar atención. A veces, el profesor pasaba documentales entretenidos sobre los orígenes de la mercadotecnia y sus efectos en la audiencia o simplemente algún rejunte de spots publicitarios. Otras veces, con suerte, tenían el honor de asistir a charlas con los creativos de las agencias más importantes en el aula magna de la universidad y vivían de cerca todos los entre-telones de las publicidades más conocidas del mercado. Pero esa materia solo ocupaba dos horas semanales de su agenda y, a la hora de poner todo en la balanza, ese respiro se perdía por el peso negativo de todo lo demás. Ese día, por ejemplo, vieron cómo fue evolucionando el spot de una de las cervezas más populares del país.

Cuando terminó, prendió un cigarrillo y empezó a caminar por Mario Bravo hasta Coronel Díaz. Caminaba por dos motivos: primero, evitaba estar esperando mucho tiempo el colectivo y así, evitaba verse obligado a saludar a compañeros con quienes no tenía el menor interés de generar un vínculo. Además, detestaba todo tipo de transporte público. Pensaba que era algo para vagos, que nadie iba a morir por caminar quince cuadras y que, encima, era una forma de exponerse voluntariamente a que te roben o vaya uno a saber qué otra locura. Llegó hasta Santa Fe y paró a almorzar en un Mc Donald’s, quizás lo único que disfrutaba de Buenos Aires.

-Un Cuarto de libra y una Coca grande, por favor.

Se sentó en una mesa ubicada justo en frente del aire acondicionado, sacó el ejemplar de El Argentino que le habían repartido en la entrada de la facultad y se prendió al sorbete de rayas naranjas y blancas para calmar su sed. “Hoy es el quinto día de paro y el conflicto se endurece”. Pensó que era un título bastante frecuente en los diarios. La palabra “conflicto” debía ser una de las primeras en el ranking de las agendas de los medios. Conflicto en el transporte, conflicto en el gobierno, conflicto con el campo, conflicto en la calle, en las casas, en la gente, en cada rincón de esta ciudad desquiciada. Luego siguió leyendo: “Aunque el Ministerio de Trabajo dictó una resolución que obliga a las empresas de transporte a pagar el 23 por ciento de aumento que pide el gremio, hoy se cumple el quinto día de paro de micros de larga distancia”. Y sí, en esta ciudad cada cual hace lo que quiere- pensó.

Soltó el diario y pegó un mordisco a su hamburguesa. Si bien un nuevo problema no era algo que lo sorprendiera, en el fondo sabía que esa noticia hacía ruido con sus planes. Y más aun tratándose de algo que le había costado tanto decidir. Pegó otro mordisco y tragó. Volvió a morder. Otra vez más y tragó. Su ansiedad acrecentaba a medida que seguía leyendo. Esperaba encontrar un número, una fecha que dijera cuándo podría tomarse uno de esos colectivos para fugarse del caos que lo enloquecía a diario. “Por tierra, el país está casi desconectado. En el medio, los pasajeros no consiguen que les devuelvan el importe de los boletos ni pueden reprogramar su viaje.” El pedazo de carne, ya triturado, se atascó en su garganta y lo obligó a tomar un buen sorbo de su vaso. “La terminal de Retiro luce desolada desde el jueves: las boleterías apagadas, los carteles de arribos y partidas sin nada que anunciar, los parlantes mudos y los rehenes de esta medida de fuerza –la segunda en el año– que esperan que el paro se levante para llegar a destino.” Pudo imaginarse ahí, guardando todas sus expectativas de volver a su lugar en el mundo en la valija, a punto de reventar,  apretada entre sus piernas para asegurarse de que nadie quiera arrancársela. Metió el último bocado en su boca y deslizó su mirada al final de la página esperando encontrar, al menos, alguna señal de un posible acuerdo; algo que le devolviera la sensación de alivio que sintió cuando tomó su decisión y que ahora estaba siendo truncada por motivos externos. No encontró lo que buscaba, solo una frase que indicaba que el sindicato y las empresas esperaban un llamado del Gobierno para volver a reunirse ese mismo día.

Terminó su comida, abolló todos los papeles que había sobre su bandeja, incluso el que decora el plástico marrón con la foto de la última hamburguesa lanzada al mercado, y los tiró en el tacho que había al lado de la puerta de salida. No llegó a cruzarla que ya había encendido el quinto cigarrillo del día. Encaró por Santa Fe pero esta vez a un ritmo más tranquilo. Observó detalladamente cada movimiento que sus pies hacían. Luego las baldosas, algunas muy gastadas y otras más modernas e intactas. Se preguntó cuántas personas habrían pisado esas mismas que él pisaba en ese momento. Cuántas de esas personas habrían dejado a un lado el ritmo frenético que la ciudad impone para mirar, al menos una vez, a esos cuadrados de cemento que permiten el andar. No levantó la mirada salvo cuando se detuvo en una vidriera para chequear que las pantallas de los plasmas expuestos no tuvieran nada para decirle sobre el paro que le fusilaba el alma. Nada que él no supiera. Seguían esperando una respuesta.

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