2. El recuerdo de Micaela

Una vez ya en el departamento que su padre le alquila en la calle Arenales, apoya la mochila en el suelo y se deja caer de golpe sobre la cama. Clava la mirada en el techo, con la boca abierta y las manos abrazadas entre sí sobre su pecho del mismo modo que acuestan a los muertos a la hora de meterlos en el cajón. Él no está muerto, realmente hablando, pero sabe que lo estará si no escapa urgente de ese lugar. Cierra los ojos y trata de imaginar que está en su cama, en la cama que tiene en su casa en Suárez.

Coronel Suárez es una ciudad pequeña ubicada en la provincia de Buenos Aires. Si bien ha crecido mucho en cuanto a espacio y población, su gente todavía mantiene costumbres de pueblo. Recorre con la mente ese lugar y logra sentir el aire que corre por la ventana, el cantar de los pájaros, el silencio a la hora de la siesta, el olor a facturas recién sacadas del horno y a tierra mojada que deja el regador cuando pasa por las calles no asfaltadas para evitar el polvo que se levanta con un mínimo viento. Disfruta por un momento de esa calma imagen. En cambio, en Capital nada de eso permanece. Está seguro de que, en algún momento, los porteños también disfrutaron de esa paz. Pero luego – piensa– se encargaron de destruirlo, de taparlo con sus monstruosas obras capitalistas. Las bocinas, los vecinos desconocidos, ambulancias, choques, gritos y el olor a aceite rancio de locales que venden porquerías para comer a la gente de paso que desconoce la cálida sensación de llegar a su casa antes de que termine el día.

A su derecha, sobre su escritorio, se acumula tarea que no piensa hacer. Sobre la silla, está su bolso que espera a ser preparado una vez que se resuelva el paro. Piensa en su habitación actual y entiende que jamás tuvo la intención de encariñarse con ella: un año ahí y las paredes siguen vacías. No hay cuadros, no hay libros, no hay nada. Solo la cama, ni los estantes con libros y discos favoritos ni, mucho menos, ese collage que armó con imágenes sacadas de la revista Rolling Stone. No ve ningún esfuerzo por mejorar ese lugar que fue consumiendo sus energías de a poco. Sin embargo, lo tranquiliza pensar en que ya es una decisión tomada y que solo tiene que esperar a que se solucione el conflicto para comprar un boleto.

Lo que no tiene resuelto es cómo le piensa decir a su padre. Por un segundo lo ve parado delante suyo, con el ceño fruncido y los puños cerrados con fuerza. Éste le grita cuánto lo decepciona constantemente y se va, sin volver a hablarle. Esa imagen se repite a diario y es la razón por la cual tardó tanto en decidir abandonar eso que tanto mal le hace. Pero, al igual que los recuerdos lejanos, es una imagen que se va desgastando, va perdiendo consistencia, y que sabe que se romperá el día en que tenga en sus manos el tan ansiado pasaje.

De repente, está en el colegio en la clase de inglés. Clase que comparte con Micaela. Si bien se llevan un par de años, están divididos por niveles y ella, siempre tan aplicada, entró directamente en el nivel más alto. Él no sabe demasiado pero está en ese nivel porque ya no saben en cuál ponerlo para que no moleste. Por cuestiones de espacio, la clase se dicta en la biblioteca: un altillo largo y amplio del que se puede observar absolutamente todo. De un lado, las ventanas apuntan al patio donde primaria y secundaria tienen sus recreos; del otro lado, se puede ver el jardín de infantes y el gimnasio donde un tipo desganado vestido de profesor de educación física obliga a los alumnos a jugar al vóley. La biblioteca, repleta de ventanas, es un espacio con mucha luz y aunque intente no puede camuflarse en ningún rincón: ve y se lo ve perfectamente. La mira atentamente desde el fondo del salón. Sofía expone una presentación sobre algo que él no termina de entender. El grupo, formado por cuatro parásitos que no tienen ganas de trabajar, la escoltan pegados contra la pared levantando los afiches que ella dibujó y mientras aprovechan para mirarle las piernas descubiertas por la pollera azul.

Ella explica cosas moviendo las manos para todos lados pero él solo alcanza a entender  la mitad de las oraciones que escupe en un inglés exagerado que parece hacerle sentir que sabe más. Muestra imágenes, gráficos, flechas. No hay alumno que no tenga los ojos clavados en ella. Termina de exponer y un idiota la abraza para felicitarla. La abraza y no la suelta. Su brazo derecho ahora se desliza por una de las mangas de la camisa blanca y salta, sin vergüenza, directamente a su torso. Ve como engancha sus dedos en la faja que descansa en su cintura para contener las tablas del uniforme. León quiere despegar de su silla y liberar toda esa ira que le quema en la garganta. Pero sabe que no puede y se calma. La profesora la felicita y Micaela crece de orgullo. Ella crece y él siente hacerse cada vez más pequeño. Desea achicarse al punto de perderse en la silla y deslizarse hasta el piso para huir o evaporarse. Suena el timbre que anuncia el final de la clase, agarra su mochila y baja las escaleras. No la espera como acostumbra a la salida para volver caminando juntos. Elije ignorarla.

Suena una alarma no muy lejos de su edificio y pega un sacudón que le hace ver que se durmió. Se incorpora lentamente, subiendo vértebra por vértebra; hace sonar su cuello y camina hasta la cocina. Por suerte, la alarma deja de sonar.

Abre la heladera a pesar de estar descalzo y busca algo para comer. Sólo ve algunas verduras olvidadas en el cajón de abajo, queso rallado, una pre-pizza cruda y una botella de vino a medio tomar. Su madre siempre le manda viandas congeladas. Dice que es para que la extrañe menos. Pero, por algún motivo, este mes no le mandó nada y él supo que, al final, tiene razón: la angustia se condensa sin esas viandas. Mientras espera que la pre-pizza pierda la humedad dentro del horno eléctrico, saca una tabla de madera y empieza a rebanar la media cebolla que encontró. Las rebanadas le parecen gruesas y acerca un poco más el cuchillo hacia el borde para que rinda más. Sus ojos se llenan de lágrimas y un ardor refrescante lo empieza a molestar. Pasa sus muñecas por los párpados intentando evitar que sus dedos empeoren ese ardor y sigue con lo que queda de la cebolla.

Recuerda que a Micaela no le pasaba lo mismo porque usaba lentes de contacto y, por algún motivo que desconoce, ese ardor no la perturbaba. Le molesta recordarla y saca lo que queda del queso de la heladera para esparcirlo por la pre-pizza cuando ésta esté lista. Sin embargo, es sumamente consciente de que cualquier esfuerzo por evitar su recuerdo es más que inútil y que su fantasma volvería una y otra vez para recordarle que nada permanecía de aquel mundo feliz. Abre el paquete de queso y una sonrisa escapa de su boca: Micaela siempre trataba de que nadie la viera para pegarle una cucharada al paquete. Decía que cuando era chica se enojaba porque no le dejaban hacerlo y, entonces, pedía que para su cumpleaños le regalaran un paquete para ella sola, para comerlo entero a cucharadas, sin importar los efectos que generara después en su estómago. Esconde el queso detrás del microondas y se pregunta, a las puteadas, por qué carajo el ser humano tiene esa manía de asociar cada imagen, cada sonido y cada aroma a algún momento o persona en especial.

Le parece injusto verse a obligado a desechar cosas como canciones, libros, películas y perfumes por recordarle a alguien que le hace mal. Se pregunta si algún día podrá volver a escuchar el disco que tanto le gusta de The Lumineers sin querer romper todo lo que encuentre; sin que le remonte al primer concierto al que decidió llevarla. Pero, por otro lado, se preocupa por aquellas cosas tan simples como un queso rallado o una cebolla que difícilmente pueda ignorar. Suena el timbre del horno, su masa está lista. La retira y la prepara: primero el queso y después la cebolla. La vuelve a llevar al horno para darle el toque final. Se queda parado frente al aparato y controla por la puerta de vidrio que su preparación alcance el punto justo y que, por ninguna casualidad, sus cebollas se doren más de lo que su mamá recomienda.

Suena el teléfono fijo y no atiende aunque sabe que la única persona que sigue llamando a ese aparato retrógrado es su madre. Controla la pizza hasta último momento y luego, una vez que la deja reposar en el mármol, levanta el mensaje.

  • Leoncito, soy yo. Se levantó el paro. Viernes, doce del mediodía por plataforma veintidós. ¡Te espero, hijo!

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