Pequeñas manías

A Sebi, mi amigo del CBC.

“Piso en lo gris, evito las líneas. Piso en lo gris, evito las líneas”. Innumerable la cantidad de veces que nos encontrábamos jugando a no tocar ninguna de las uniones entre baldosa y baldosa con los pies. En la calle, en el shopping, en casa, hasta en el patio de la escuela durante los recreos. A simple vista, parecía una tarea muy sencilla. Sin embargo, no era suficiente con prepararse para pegar buenos saltos. A veces la suerte estaba de nuestro lado y lo gris se extendía, dándole poco espacio a las líneas y facilitando nuestro objetivo. El problema era cuando las baldosas se achicaban sin previo aviso y caías en la línea. O, peor aún, cuando llegabas a una esquina y millones de líneas se disparaban invadiendo lo poco de gris que esperaba, ansioso, que nuestro cuerpo aterrizara en él.

Recuerdo aquella vez en que, paseando por un shopping, decidí poner esta manía en práctica mientras mis papás miraban cosas que no iban a comprar. Las baldosas no eran comunes sino que tenían formas raras: óvalos, triángulos, estrellas y otras figuras atípicas que los pisos no suelen tener. Entre todas formaban una especie de dibujo que, creía yo a esa edad, solo era contemplado por Diosito desde el cielo, desde lo más alto, porque para nosotros, o al menos para mí, era una porquería innecesaria.

Me llevó un rato planear una buena estrategia para lograr atravesar ese pasillo burlándome de las malditas uniones. Pensé que podría hacerlo saltando en punta de pie y en zigzag hasta llegar a la esquina, donde descansaría en el inmenso círculo que conectaba con los demás pasillos. Así fue. Emprendí viaje. Punta derecha, punta izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda y, de repente: ¡círculo! Descanso. Juntar coraje y volver a saltar hasta volver a descansar en un nuevo círculo. Recorrí prácticamente todo el shopping con mi nueva táctica sin ningún problema.

Todo se complicó cuando mi papá nos dijo que podíamos elegir un regalo en la juguetería que estaba señalando. Levanté la mirada sin moverme de mi baldosa de descanso y noté que el piso, por algún motivo que desconocía, cambiaba de golpe. Ahora las baldosas no eran un dibujo. Ahora formaban un mar de venecitas. ¿Cómo iba a hacer para llegar a la juguetería sin pisarlas sabiendo que cada una medía menos que mis dedos gordos de los pies? No lo sabía. Quería una Barbie con toda mi fuerza, pero no podía resignar mi manía. Le pedí a papá que me alzara pero dijo que ya estaba grande y pesada. Hacía dos segundos lo había visto alzar a mi hermano, que era más gordo, pero seguían diciendo que la más pesada era yo. Mamá nunca me decía que no, pero siempre midió menos de metro y medio y podía quebrarla.

Insisto: quería la Barbie. Pero no pude pisar. Me quedé inmóvil. Le sugerí a mamá que eligiera ella la que más le gustara. Aunque mientras le decía eso, agregaba que no quería la morocha porque era fea, ni la del perro porque tenía una parecida, ni la del delfín porque me parecía estúpida, ni, ni, ni y un montón de otras que tampoco me agradaban. Mamá respondió que con ese carácter de mierda no era una nena fácil y que, seguramente, no me iba a gustar su elección.

La había perdido. Tenía que hacerme la idea de que no tendría esa Barbie. Sin dar explicaciones, les dije que no la quería. Entonces papá me agarró del brazo y me dijo que acompañaríamos a mí hermano para que eligiera algún autito de colección. Tiró tan pero tan fuerte de mí que caí de panza sobre toda la manta de venecitas. Venecitas bajo mis pies, bajo mis piernas, panza, brazos, cara. Venecitas por todos lados riéndose de su victoria: me había quedado sin el pan y sin la torta.

“Piso en lo gris, evito las líneas. Piso en lo gris, evito las líneas”. Lima e Independencia. A los saltos. A los gritos. Abrazados para no caernos. Preocupados por llegar hasta la boca del Subte para ir a trabajar. La gente se ríe. No entienden. Caras de asombro. Caras de burla. Baldosas grandes, generosas, se adaptan a nuestros pies que amagan a convertirse en adultos pero no lo concretan. “Piso en lo gris, evito las líneas. Piso en lo gris, evito las líneas”. Mi amigo Sebastián y yo, escuchando nuestras manías y a los pequeños que nunca, pero nunca, dejaremos escapar.

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