Ojos que inhiben

Apareció deslizándose con una mezcla de corrida-caminata de pasos muy largos por los pasillos de la línea C del Subte en la estación Independencia. Su pelo largo se enredaba en cada salto y golpeaba la cara de cuanta persona se le cruzara, dando suaves latigazos.

Con una mano sacó un billete de su monedero rosado y con la otra abrió un paquete de sándwiches de miga, de esos que vienen cortados en triángulos parejos. Hizo malabares frente al señor de la boletería para poder comprar un boleto sin que se cayera su almuerzo viajero, y se dirigió hacia los molinetes.

El subte tardó en venir y ella, entre impaciente pero provechosa de su tardanza,  acomodó su mochila entre sus pies y se apuró para terminar de comer.

No quería mirarla porque todos, absolutamente todos, los que esperábamos el tren, estábamos clavando los ojos en ella. Pensé que podría incomodarla. Saqué mi celular e intenté leer alguna noticia en Internet pero, sin querer, noté que ella empezó a pelear con el jamón crudo, nada fácil de cortar, y que éste la desafiaba constantemente a perder la delicadeza con la que le habían enseñado a comportarse.

El pan era algo sencillo, se cortaba fácil. El problema era lo demás. Ese jamón tiene una especie de hilitos blancos que parecen chicles, que se estiran y no se cortan nunca. Podía verlos agarrados como una tanza gruesa que unía sus dientes al resto del sándwich. De vez en cuando, la chica hacía una disimulada mueca con la lengua para desenredarlos de sus molares.

Ya ambos arriba del subte, supe enseguida que vivía a las corridas y que ese era el único ratito que tenía para almorzar. Quizás iba de la facultad al trabajo, o al revés. Fue su mochila la que delató su pertenencia a alguna universidad y su ropa la que cortó esa informalidad convirtiéndola en oficinista, capaz. Otra certeza que pude concluir, era que, amenazada por el reloj, de ninguna manera disfrutaba de ese sándwich.

De repente, se cansó y tiró a la basura toda la compostura y modales que se había esforzado por mantener. Optó por el goce del sándwich. El pan integral, el queso y el jamón crudo cobraron vida. No había más en la escena que su sándwich y ella. Despedazó ese jamón sin importarle ningún hilo ni ningún pedazo que no ingresara prolijamente a su boca. Sintió cada parte, cada fibra, cada tinte de sabor.

¿Por qué iba a perdérselo? ¿Por qué un par de tontos mirando a una persona comer en un transporte público podían boicotear el placer de comer algo tan rico en un momento de tanto hambre?

Se liberó de todo prejuicio y se plantó en el centro del vagón, desintegrando cada una de las miradas que venían clavadas en ella hacía más de tres estaciones. Lo terminó. Había vencido a ese pedazo de carne disecado y a todos los tontos, como yo, que no podíamos sacarle los ojos de encima.

Sacó una servilleta blanca de su mochila, un frasco rosado de alcohol en gel que olía a flores y, recuperando la compostura, limpió sus manos y su boca. Se acomodó el pelo, agarró su mochila y abandonó el tren al llegar a la estación Lavalle, alejándose con un andar elegante y femenino que sepultó en cuestión de segundos todo comportamiento inapropiado para tan elegante mujer.

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