4. Des-espera en un bar

Después de insistir en que era algo realmente importante lo que León tenía para contarle, Micaela aceptó y le dijo que tenía un hueco esa misma noche. Ella decidió la hora y el lugar. Cuando estaban juntos, él se enojaba al ver que todo era siempre como ella quería, pero esta vez no le importó porque le alcanzaba con que aceptara verlo.

Entró al bar un poco antes de la hora pautada y, en cuanto vio la mesa del rincón, supo que era ideal para un reencuentro. Tenía un mantel que la diferenciaba del resto de las mesas y estaba ubicada frente a una pared en la que había una especie de ventana con rejas antiguas pintadas de rojo, de las que colgaban macetas fabricadas con latas recicladas.

Creyó que sería muy romántico apartarse de todo por un momento  y refugiarse en aquella esquinita debajo de las plantas colgantes, a la luz de una vela blanca que esperaba a oscuras un caballero que la encienda igual que él esperaba la luz que ella le robó al dejarlo.

Se sentó y recordó que no podría fumar ahí adentro. Por un segundo pensó que quizás sería mejor ubicarse afuera, pero se conformó imaginando que con ella en frente no necesitaría más nada para calmar su ansiedad.

Pidió la carta buscando algo con qué sorprenderla y le llamó la atención su formato. Ese cuaderno escrito a mano, como los que se usan en la secundaria, se convertía en un motivo más para dejar de estudiar Diseño porque alguien había logrado algo muy cálido y llamativo con suma simpleza. ¿Qué le gustaría a Micaela? ¿Una limonada rosa?

Pispeó la lista de bebidas alcohólicas y entendió que la menor de edad que él recordaba podría haber dejado esos jugos por cocktails de lo más fuertes. Había jarras de cerveza tirada, de fernet, caipiriñas, daiquiris, martinis y miles de tragos más. Esa idea le revolvió las tripas pero sabía perfectamente que ya no podía cuidarla de ninguno de esos vicios.

Tratando de no amargarse de entrada, pasó a la comida: papas con cheddar, pizzas de todo tipo, bastones de mozzarella, picadas, parrilladas. Trató de imaginar a la Micaela nueva con quien se encontraría. Ella no comía estas cosas y lo justificaba repitiendo como loro que comía para vivir (sana) y no vivía para comer. ¿Qué le había pasado para cambiar de esta manera? ¿Por qué lo había citado ahí? Cerró la carta y decidió esperarla para elegir.

Pasó media hora y Micaela no daba señales de vida. La recordaba demasiado puntual para estar tan atrasada. Sus nervios empezaron a salir por sus poros. Su peinado empezó a deshacerse y el calor que generaba su ansiedad terminó por desprender varios de los botones de su camisa.

“Eu, flaca, ¿me traes una birra?” – Pidió una de medio litro como para no sentir que empezaba sin ella.

Amagó a escribirle, pero ella odiaba esa persecución. Entonces, prometió calmarse y esperar. Siguió observando el bar: era como si alguien hubiera juntado todas aquellas cosas que adquirió a lo largo de su vida y las hubiera colgado en esas paredes, algunas de madera y otras pintadas de un amarillo muy fuerte. Había juguetes como un triciclo antiguo o cuadros de series muy muy viejas. Raquetas de tenis hechas de madera, de las primeras que hubo. Imágenes de figuras históricas, pero también de gente común y corriente. Botellas de todo tipo y color: anchas, flacas, lisas, corrugadas, verdes, azules, transparentes.

Se preguntó qué cosas colgaría Micaela si tuviera que representar su relación con él. ¿La primera flor que robó del patio del colegio para regalarle? ¿Fotos? ¿Conservaría alguna de ellos dos juntos? Primer vaso de cerveza, terminado. Se distrajo mirando las jaulas de pájaros pero sin pájaro que colgaban usadas como lámparas.

Una hora y media más tarde de lo pautado, la mesa de León se llenó de cadáveres de cervezas de medio litro, pero él seguía negándose a pedir algo más grande “para compartir”.

Pidió un plato de maní para ahogarlos en su botella, aunque le hubiera gustado meter su cabeza y ahogarse él también. Sin embargo, éstos no se ahogaban: bailaban. Uno a la vez. Desde el fondo a la superficie. Casi como si hubieran pautado sus turnos para salir a escena. Iban y venían, como León y Micaela durante toda su relación. Peleándose, lastimándose, odiándose de a ratos pero amigándose con tan lindas reconciliaciones.

Amagó a prender un cigarrillo pero pensó en que a ella no le gustaba el olor. ¡Qué me importa que no le guste el olor! De todos modos, ya no conocía a la chica que estaba esperando. Quizás con los años se había amigado con el tabaco, ¿y por qué no con alguna otra cosa? Fumó uno sacando el brazo por la ventana y nadie le llamó la atención. Fumó dos, tres. Pidió otra cerveza. Cuatro. Cinco. Pidió una jarra.

“De litro y medio, por favor” – dirigiéndose a la moza. -“O la más grande que tengas” – agregó.

Le mandó un mensaje para saber si vendría y ella no respondió. Terminada la jarra, sus mensajes se llenaron de palabras feas y agresivas. Su ira brotaba desde lo más profundo de su alma. Al ver que no resultaba, volvían los piropos.

La tranquilidad que sentía después de cada pucho se hacía cada vez más efímera. Si normalmente necesitaba uno, en ese momento necesitó tres o cuatro. Más cerveza. Más maníes refregándole felicidad con sus bailes. Más mensajes de todo tipo. Las dos de la mañana. Las tres. Las cuatro. La moza lo miraba de reojo con una mezcla de lástima y confusión. “Otra, por favor”- dijo intentando esquivar los efectos del alcohol.

“Eu, pibe…” – Lo despertó uno de los mozos. “Eu – insistió –  ¿te traigo la cuenta?”

León lo miró encandilado por un cartel de Neón que decía “Open” pero que dos de las mozas intentaban apagar. No entendía. Miraba alrededor y no había nadie, mucho menos Micaela. Palpó su pantalón y su celular no estaba. Supuso que lo había revoleado por los aires en uno de sus enojos. El flaco volvió a preguntar si podía llevarle la cuenta e hizo un par de señas que León no llegó a entender.

“No, la cuenta no – dijo muy serio – Estoy esperando a mi novia”.

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