5. Fuera de sí 

Los mozos no tuvieron más remedio que echarlo. Le dieron un café en un vaso descartable de telgopor y le pidieron que se retire. León salió caminando por Santa Fe pero no frenó en la esquina de su casa, sino que siguió un par de cuadras más hasta la casa de Micaela. Una vez ahí tocó timbre, pero nadie respondió.

De repente, apareció un vecino de no más de veinte años. Era alto y delgado, de piel mestiza y ojos muy oscuros. Sospechó que ese era el famoso vecino con quien su chica se había juntado a tomar alcohol y bailar.

El pibe le preguntó si entraba y lo dejó pasar. León le agradeció y entró no sin antes informarle que era el novio de Micaela. “Ah, sí, yo vivo arriba”- y, por si no se entendió, agregó – “en el 7ºC”.

León entró al ascensor y aprovechó los segundos que tardó en llegar al sexto piso para acomodarse un poco. Hizo un par de muecas al espejo como esperando que éste le devolviera seguridad. Bajó y golpeó suavemente la puerta, pero nadie respondió. Notó que a sus pies había un ejemplar del diario del domingo, lo que significaba que ya era de mañana y que Micaela no había regresado.

Se sentó a la penumbra en las escaleras caracol que solo usan aquellos que viven en los primeros pisos, apoyó su cara contra las palmas de sus manos y se quedó dormido gracias al relajamiento de tanto alcohol.

Cuando despertó, vio que el diario no estaba. Ella había vuelto. Podría habérselo robado otro vecino, pero prefirió pensar que era la señal que esperaba. Se aseguró que nadie anduviera por los pasillos y se prendió al timbre.

Tocó varias veces hasta que una voz de dormida preguntó quién era. Micaela se asustó y le pidió que se fuera aunque sabía que no iba a ser tan fácil librarse de él. León le sugirió que le abriera o, de lo contrario, despertaría a cada vecino. Ella, rendida, abrió la puerta y lo dejó pasar.

Él se abalanzó sobre ella y le dijo que solo ella, con tanta maldad, podía dejar plantado a alguien que cruzaba media ciudad solo para verla. Micaela no decía nada, solo miraba fijo a León con la mirada perdida.

Él no paraba de escupir palabras llenas de bronca, pero también de tristeza y soledad. Decía lo mucho que la esperó en el bar, la fiesta que decidió dejar, las ganas que tenía de verla, lo mucho que la extrañaba y las veces en que pensó en matarla. Sin embargo, ella no emitía sonido alguno.

León la tomó de los hombros y la empujó contra el sillón que se encontraba detrás de ella. Dejó de hablar y la besó. Abría y cerraba la boca pero Micaela no abría la suya, solo yacía tensa en el sillón con los ojos cerrados y las extremidades estiradas y contraídas como si quisieran escaparse de su torso. León no dejaba de repetirle que ellos se amaban y que tenían que estar juntos.

Mientras, la seguía besando: en la boca, en la frente, en el cuello. Ella siguió sin emitir sonido hasta que León intentó levantarle el camisón y bajarle la bombacha. Recién ahí sus manos cobraron vida e intentaron frenar las suyas. Pero él la tomó fuerte por las muñecas y le repitió que se amaban, que a ellos les gustaba estar así y que estaban hechos el uno para el otro.

León siguió besándola mientras se las ingeniaba por desvestirla sin que ella se soltase. Cuando la penetró, dos lágrimas tibias se deslizaron por las mejillas de Micaela y desembocaron en los labios de León que seguía besándola. Repitió que no llorara un par de veces, la abrazó fuerte y acabó.

Se mantuvo unos diez minutos recostado sobre ella como solía quedarse después de hacerle el amor. Pero esa vez, a ella no le nació acariciarle la espalda y él tuvo que pedírselo. Obedeció.

En cuanto se reincorporaron, Micaela le pidió tímidamente que se fuera y él, para sorpresa de ella, se fue sin decir nada.

Esa fue la última vez que la vio.

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