6. Retiro

La terminal de Retiro es una de las cosas que más detesta de la ciudad. Es el punto de mayor tensión. Es la mejor manera de graficar eso que lo agobia. Llega en taxi porque, aunque los chóferes tampoco le resultan tan confiables, le parece mucho más seguro que viajar en un colectivo rodeado de gente. Le paga al taxista antes de que éste frene en el puente que le corresponde y, mientras le dice que se quede con el cambio, agarra fuerte sus bolsos y baja rápidamente de un salto para evitar que el señor que espera ansioso la llegada de los pasajeros quiera bajarlos por él y así reclamarle algunos pesos.
Una vez adentro de la terminal, se dirige hacia el primer piso para retirar el boleto por ventanilla. Siempre se maneja así, su madre los compra en la terminal de Suárez a un vendedor amigo que le hace el favor de reservárselos y solucionarle cualquier inconveniente que pueda surgir; y éste le da un código que le permite retirarlo impreso en cualquier local. León sospecha que a los vendedores de Retiro no les agrada esa situación porque no son ellos quienes se llevan la ganancia por comisión, entonces se prepara para ser tratado con cierto desgano. Piensa que lo mejor que puede hacer en ese caso es hablarles poco, lo justo y necesario, y mostrar indiferencia ante sus malas caras.
Sin embargo, lo atiende una mujer de no más de treinta años que no para de sonreír. Le resulta chocante y desconfía. Cree que puede estar sonriente por algún chiste que estarían contándose con sus compañeros antes de que él llegara y que, con sonrisa o sin, igualmente detesta entregarle un boleto sin recibir nada a cambio. Lo guarda en el bolsillo más seguro de su pantalón y camina hasta la plataforma.
Los bancos están ocupados entonces apoya sus bolsos contra la pared y, después de controlar que no haya nada que pueda romperse en el más grande, se sienta encima mirando hacia la pantalla que anuncia los arribos y las partidas. Observa gente con ropa abrigada y equipos de esquiar; gente con traje y maletines, algún que otro paisano leyendo cada cartel que cruza para orientarse; gente con valijas que parecen venir del exterior cargadas con mercadería; gente que, a lo mejor, espera lo mismo que él: volver.
Recuerda que la última vez que salió de vacaciones fue a la costa. Viajó con su padre y su medio-hermano pero porque sabía que Micaela iba a estar veraneando en la misma ciudad y habían quedado en encontrarse. Después de ahí, nunca más deseó alejarse de su casa. Ni siquiera para ir al viaje de egresados. Ese viaje a la playa fue especial para él. Ambos estuvieron como si fueran una pareja grande: juntos, sin horarios que cumplir, sin la necesidad de pedir permiso a los padres de su novia, dueños de cada decisión que quisieran tomar.
Iban a desayunar a la playa, se metían al mar, jugaban a las cartas, él dormía una siesta mientras ella se ponía a leer alguno de esos libros a los que solía aferrarse y después volvían al departamento, hacían el amor, se preparaban y volvían a salir. No tenía que compartirla con nadie.

Lo interrumpe una voz de mujer que dice: “Empresa Condor La Estrella anuncia su partida de 11:50 con destino a Coronel Suárez por plataforma 22.” León fija la mirada en ese sector para controlar que el colectivo no se vaya sin él pero espera, pacientemente, a que la congestión de gente desesperada por subir se diluya y así poder pasar tranquilo con su equipaje.

Mientras tanto, fuma un último cigarro.

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