Me vi caer

Mientras esperaba el subte para ir a trabajar, como todos los mediodías, me di cuenta de que ese transporte genera en mí una sensación que se repite a diario y que empieza a asustarme.

Llegué tarde para el tren de las 12.30 pero temprano para el siguiente y no tuve otra opción que sacar el libro de Murakami que llevo en mi mochila y leer mientras espero. Es un libro de cuentos cortos que escribió en diferentes años, pero que decidió publicar no hace mucho (quizás cuando necesitó un poco más de dinero). Suelo ser más amiga de sus novelas porque, con historias tan breves, me queda una sed desesperante de saber aunque sea un poco más sobres personajes, pero éste me lo regaló mi novio para acompañar el posoperatorio de la extracción de mis muelas de juicio y debo admitir que me atrapó desde el principio.

Mientras leía uno de sus cuentos, volví a sentir eso que no sabría definir: me veo cayendo lentamente sobre las vías justo en el momento en que el primer vagón amarillo llega a la estación. Al principio lo tomé como algo normal dentro de lo que sé que puedo esperar de mí y de mi rebuscada imaginación. Vengo de una ciudad chica donde el único medio de transporte es el automóvil y nadie suele andar a más de 20 km por hora a menos que sea para ir a otra localidad. ¿Cómo no fantasear con morir arrollada por algo que pasa tan rápido por debajo de las calles de una ciudad como Buenos Aires,  repleto de gente y de historias que me encantaría conocer?

No me parecía preocupante hasta hoy, cuando dejó de ser una fantasía de alguien que quizás en el fondo solo buscaba un poco de adrenalina en su vida y se volvió más realista. Abrí el libro y traté de concentrarme. Lo único que quería era que llegara el próximo tren para subir y dejarme llevar hasta mi destino. Una vez arriba, las vías ya no serían problema.

Al parecer, el personaje del cuento de turno era un joven de veintipico de años que trabajaba en una empresa bastante rara. Ésta tenía un nombre raro que no puedo recordar y brindaba un servicio de cartas para gente que quería mantener conversaciones constantes con alguien pero no tenían con quién.

Cada tanto me volvía el miedo a caerme pero hacía fuerza y me concentraba otra vez en aquellas líneas.

Cada persona que quería contratar el servicio, tenía que pagar una subscripción mensual y, así, se le designaba a un escritor de su sexo opuesto. A cada escritor, a su vez, se le designaban varios clientes, también del sexo opuesto, con quienes mantendrían intercambios de cartas frecuentes.

No entendía demasiado el sentido y eso me molestaba.  Me calmé cuando lo comparé con unos de esos foros virtuales en los que navega la gente “sola” pero opté por resignarme a buscarle el sentido a todo. ¿Cómo podía ponerme en el lugar de un par de japoneses aburridos que vivieron allá por el año 1960? Nada más lejano a mi realidad.

Escuché el sonido de los vagones y bajé el libro para mirar. Me entusiasmé pensando que se acababa aquella espera tan peligrosa. Sin embargo, el tren estaba completamente vacío y sus luces apagadas, señal de que se encontraba fuera de servicio y de que no iba a parar. Miré de reojo a quienes esperaban al lado mío y también tenían en sus caras expresiones de queja y disconformidad, pero yo sabía que ninguno sentía la desesperación que me invadía a mí.

Casi como señal de alarma, la imagen volvió a aparecer. Siempre era yo misma cayéndome lentamente a las vías, pero esta vez había una variante: una señora me quería ayudar a salir y no podía. Los demás miraban atónitos y horrorizados. Muchos de ellos me juzgaban. Veía en sus ojos las historias que estarían inventando. El tren venía cada vez más cerca y hacía luces, supongo que indicando que no podía frenar y que no tenía más opción que hacerme puré de persona. La señora, asustada, me soltaba la mano y apreciaba el sangriento show desde detrás de la línea amarilla (como indica el reglamento).

Después de un abrir y cerrar de ojos, esa fantasía se esfumó. ¿Qué era lo que me asustaba tanto si sabía que no era real? Creo que temía que se tratara de una de esas profecías autocumplidas en las que aquello que pensás se termina volviendo realidad. Como si tus pensamientos terminaran siendo indicaciones del inconsciente directas a tu cuerpo que tu mente no puede evitar.

¿Por qué me pasaba algo tan oscuro? ¿Por qué había algo dentro de mí que quería dejarse caer en ese final?

Para ese entonces, el joven de profesión rara ya había renunciado a la empresa de correo para gente sola y contaba que muchos de sus clientes le habían expresado a su jefe lo mucho que lamentaban la pérdida. El muchacho se sentía muy alagado y admitía que no se había involucrado con ninguna porque ese no era el objetivo y porque las cartas solían ser monótonas y demasiado terrenales para su gusto. Con ninguna salvo con la mujer que le contaba cómo preparaba hamburguesas caseras para un marido que nunca llegaba a cenar por motivos que sabía que no eran laborales pero que prefería desconocer.

Llegó el tren y subí. No es igual en todas las líneas de subte, pero en ese los asientos estaban en hilera de espaldas a las paredes del vagón, dejando a sus pasajeros enfrentados, mirándose unos con otros, y, en el medio, un pasillo para quienes van de pie agarrándose de unas cuerdas que cuelgan del techo.

Me paré frente a tres chicos judíos que no tendrían más de diez años. Iban de traje negro, camisa blanca y zapatos oscuros bien lustrados. En sus cabezas, tres kipás de terciopelo azul marino lisos. Uno de ellos, el que estaba sentado bien en frente mío, leía un libro que parecía del año de la escarapela. Sus hojas eran de un color tirando a naranja que se oscurecía llegando a los extremos. Las letras eran demasiado pequeñas para que yo llegara a leer y, así, descifrar de qué se trataba. Su cara no era muy placentera. No quiero ser cerrada y pensar que por eso no lo disfrutaba (tendrían que ver la cara de zombie que pongo cuando miro televisión) pero prefiero quedarme con la sensación de que estaba estudiando o leyendo algún tipo de texto religioso. Es decir, leyendo algo impuesto.

Cuando se dio cuenta de que había un par de piernas muy próximas a las suyas, levantó la vista para saber de quién se trataba. Supongo que no es agradable saber que alguien respira muy cerca tuyo y no tener siquiera un panorama general de su aspecto.

 El chico judío, en su intento de observar a quien golpeaba sus rodillas cada vez que el tren frenaba, se detuvo en la tapa del libro que llevaba en mis manos. Miró el suyo y volvió a mirar el mío. Un libro diminuto con hojas parecidas a las de los árboles en otoño y olor a polvo, frente a uno nuevo, brilloso, grande, con un elefante colorido dibujada en la tapa y el nombre de un autor japonés que ni yo sé, todavía, cómo se pronuncia.

En ese momento me olvidé de la imagen del tren arrollándome. También dejé de pensar en lo poco que me gustaba mi trabajo y las nulas ganas de ir que sentía cada mañana. Dejé de sentirme tan desgraciada: había alguien leyendo un libro aburrido que moría por leer el mío. Al menos ahí, yo era quien tenía la suerte y la libertad de elegir lo que me hacía feliz.

Noté en su mirada que, sin darme cuenta, estaba haciendo que el chico empezara a incomodarse de tanto mirarlo. Agaché la cabeza como pidiendo disculpas (aunque quería seguir llenándome de la alegría que me producía ver que había ganado en algo) y volví a mi lectura.

El japonés de las cartas se había encontrado con la mujer de las hamburguesas. Después de confesarle que sus cartas le producían el antojo de comer una hamburguesa simple y que, en la ciudad en que vivía, solo encontraba versiones extravagantes llenas de ingredientes innecesarios, la mujer lo invitó a probar las suyas.

Ella tenía más de treinta años y a él le llevaba alrededor de quince. Se encontraron en su casa porque su marido trabajaba hasta tarde. Mientras comían, ella le contó un poco de su vida y otro poco de las cosas que no podía hacer con su marido como, por ejemplo, decirle si se sentía triste o preguntarle algo que no le cerrara.

Pensé que después de eso se iban a acostar. No porque yo tenga la mente podrida, sino porque la mayoría de los personajes de Murakami tienen ese comportamiento: se acuestan con cualquiera como si fuese la única forma de relacionarse entre seres humanos. El joven escritor no lo hizo y, sobre el final, se preguntó a sí mismo si era lo que tendría que haber hecho confirmando parte de mi suposición.

El tren llegó a Catedral y bajé junto a todos los demás pasajeros que, siguiendo la voz del megáfono que recuerda que es la última estación y que el vehículo quedaría fuera de servicio, caminan desesperados en masa como si tuvieran miedo de quedarse encerrados y terminar en algún tipo de depósito de vagones.

Subí escalón por escalón para evitar el tumulto de gente que se forma en la escalera mecánica y caminé por una de las peatonales más conocidas del centro en dirección al lugar en donde trabajo. Como todavía tenía quince minutos antes de entrar a la oficina, me senté en un banquito al lado de una banda musical que tocaba un poco de soul para los peatones y seguí leyendo.

El marido de la mujer que cocinaba hamburguesas llegó a su casa y encontró la mesa puesta para dos. Dos dentro de los que, evidentemente, no estaba incluido. Le preguntó a su esposa con quién se había reunido si no le conocía ninguna amiga. Ella quiso inventar alguna mentira pero su lengua se enredó y no pudo emitir sonido. Él, furioso, salió de su casa golpeando la puerta y empezó a caminar. Su mujer lo siguió pero, por más que se esforzaba por caminar cada vez más rápido, no lograba alcanzarlo.

Él, de repente, frenó en una estación del tren y se sentó en un banco como si fuera a esperar para tomar ese transporte. Su mujer intentó hablarle pero sus oídos parecían no captar lo que decía. Ella hablaba y él la ignoraba. Ella empezaba a llorar y él más cerraba sus oídos. Poco tiempo más tarde, apareció el tren. La esposa hizo silencio, tragó las palabras que quedaron a medio decir y dando solamente dos pasos largos, saltó a las vías.

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