7. De vuelta

Una vez arriba, contento por tener asiento individual, le escribe un mensaje de texto a su mamá para avisarle que ya está, saca su iPod y se relaja con la lista de reproducción que armó específicamente para ese momento de gloria. El colectivo empieza a moverse y su corazón palpita cada vez más rápido y con más fuerza. Hacía mucho tiempo que no sentía algo parecido. Va mirando a través de la ventanilla cada edificio, cada calle, cada árbol y se pregunta si es la última vez que los verá.

Una mujer de uniforme bordó le ofrece una bandeja de plástico que contiene un sándwich, una botella de agua y algo más, que supone que es el postre, pero que no llega a distinguir. León le agradece pero le dice que no porque teme que los nervios lo obliguen a ir al baño más de lo que planea y él odia los baños públicos, mucho más si se trata de un baño miniatura en movimiento. La azafata termina de repartirles a los demás pasajeros y se aleja hasta perderse en las cortinas que lo separan de los conductores.

Vuelve la vista hacia la ventanilla. Esta vez piensa en lo que deja atrás y no tanto en lo que corre a buscar. Piensa en el arrepentimiento. Teme que volver no sea la solución a sus problemas. Prefiere no seguir indagando y cierra los ojos.

Se concentra en los bajos de la canción que escucha a través de los auriculares. Siempre se apiadó por este instrumento porque cree que es fundamental pero que nadie lo nota y pasa desapercibido. Entonces él, como quien hace un pequeño acto de caridad aportando el famoso granito de arena, se concentra en ese sonido seco o suave, dependiendo de quién lo origine, e intenta aislarlo de todos los demás sonidos que lo acompañan.

Cree que cuando uno le pone atención al bajo, se va, se abstrae, se pierde en lo que llaman “el groove” de sus sonidos. Después se imagina contándole todo esto a alguien, queriendo poner en palabras aquello que le provoca y no sabe si es capaz de hacerlo. Piensa que, si bien la traducción de groove es “surco” o “ranura”, considera que es algo que va más allá y que es necesario sentirlo para entender. Sospecha que esa definición hace referencia a la textura de los primeros vinilos, a sus partes lisas y a aquellas más corrugadas, partes que revelan la frecuencia.

Sin embargo, prefiere concentrarse en su objetivo principal: seguir a ese bajo. Seguir el sonido de ese instrumento que funciona de acompañamiento en cualquier melodía. Se concentra en eso: en la compañía.

Mira por la ventanilla y no ve más que un extenso manto verde con muy pocos árboles, algún que otro molino y alambrados de madera seca y grisácea. Supone que se trata de soja y recuerda que, cuando era chico, los colores de la siembra variaban un poco más y parecían una colcha formada por diferentes parches, pero que últimamente todos se desviven por ese poroto que tanta plata genera.

Sobre el asfalto de la ruta, el sol provoca una nube borrosa y espesa que a lo lejos parece un charco de agua. León se va quedando lentamente dormido, pensando en que borró de su mente la explicación lógica a ese fenómeno y que, gracias a ese pequeño y sabio olvido selectivo, sigue sorprendiéndose con esa ilusión óptica.

Una luz se prende de golpe y lo despierta. El chofer grita: “Coronel Suárez”. Se asoma al vidrio y logra ver la estación de servicio que está en las afueras del pueblo. Le avisa a su mamá que estará en menos de cinco minutos en la terminal y le pide que lo vaya a buscar. Guarda todo en su bolso, se acomoda un poco el pelo aplastado por la falsa almohada que armó con su campera y se prepara para bajar.

León está de vuelta.

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