8. Desayuno

A la mañana siguiente, abre los ojos y se contenta al ver que está en casa. Se toma cinco minutos para contemplar la vista que tiene desde la cama. Su habitación es un altillo de madera con techo a dos aguas. Hay un sommier de una plaza, un escritorio con una computadora, un televisor de los de tubo y un ropero que ocupa una pared entera. Sobre el escritorio, una ventana que da al patio de la casa, por la que entran rayos de sol y un viento fresco que trae el aroma de las facturas recién preparadas en la panadería de enfrente.

León inhala y sonríe mientras estira los brazos bien alto para desperezarse. Se pone lo primero que encuentra y baja las escaleras para desayunar. Su madre, sentada en el comedor, toma mate mirando el noticiero local. Cuando lo ve, se levanta de un salto y le pide que se acomode mientras ella le prepara algo para comer.

Se sienta y se queda mirando la televisión: el conductor de toda la vida anuncia que habrá una feria de artesanos en la plaza principal y que se espera que venga mucha gente de pueblos aledaños. Su mamá le alcanza un tazón, una caja de cereales y un sachet de leche para que él lo prepare a medida. Le da un beso en la frente y le avisa que va a salir a hacer las compras. Agarra una bolsa de tela y se va.

Con una cuchara de sopa hace girar los cereales en forma de espiral dentro de su tazón verde inglés. Los observa lentamente. Van y vienen, uno detrás del otro. El chocolate en polvo que le agregó a la leche dejó islas vagando entre los copos y a medida que estos giran al ritmo de su muñeca, se van deshaciendo tiñendo el líquido de un color más intenso.

Observa cada paso de la escena y piensa en la cantidad de cosas que pasan a diario a micro niveles y que, por estar pensando en cosas superficiales, dejamos escapar. Los cereales, con el correr de los minutos se hinchan y pierden su forma como él pierde el apetito que lo llevó a sentarse a desayunar. Como perdemos todo en esta vida, piensa, si nos distraemos y lo dejamos pasar.

Sin embargo, esos cereales estaban predestinados: se iban a hinchar sí o sí porque el líquido ingresaría en ellos por ósmosis o algún proceso parecido. Nada es azar. Así como nada es único e irrepetible. Esos copos podrían ser otros, de otro paquete, de otra marca: e igual se iban a hinchar.

Él también está predestinado a quedarse solo. Está en su esencia. No se va a hinchar o sí, pero no literalmente. Nació así y aunque lo intente, no puede cambiar. Por eso se aleja, de quien sea, para evitar el ya sabido final. Y de repente viene a su mente un mísero grano de esperanza, piensa que podría intentarlo. Podría intentar cambiar ese final, cambiar y darle un curso diferente a su vida del que le dieron todos sus antecesores.

Le resulta triste, pero gracioso en cierto punto, que todos los hombres de su familia, sin conocerse, tengan el mismo destino: la perdición, el vicio. Quizás eso era lo que más le atraía de Micaela: creía que podía cambiar la historia de sus padres y triunfar. Triunfar en la ciudad, en sus carreras, en el amor. Lo animaba repitiendo que eran ellos dos, de hogares extraños y rebuscados, quienes más debían creer en la unión.

No sabe si alguna vez creyó en esa opción o si fingía creerlo para estar en su misma sintonía. Los copos parecen pompones de algodón y luego nata, la nata de la leche de campo: una masa pastosa que se funde en la leche y sorprende, de forma no tan grata, a quien pega el sorbo. Cree parecerse a esa nata. Luego se tranquiliza pensando en que ella también tenía sus sorpresas, algunas buenas y otras no tanto.

En ese caso ambos se parecen: un día explotan como granadas ante los ojos del que admira desprevenido la parte visible, la cáscara, el caparazón. Se retuerce en la silla porque sabe que esas sorpresas explotan en sus heridas como la primera vez pero peor: explotan en agujeros ya hechos, sin cicatrizar.

Recuerda que alguien le dijo alguna vez que las relaciones que más nos marcan son aquellas que producen las emociones más fuertes y que éstas no necesariamente tienen que ser buenas. Ella le hizo mucho bien a su vida, pero también lo llevó a raspar cada centímetro de su cuerpo contra el infierno. Del paraíso al infierno en un abrir y cerrar de ojos, de la noche a la mañana, al igual sus estados de ánimo.

Su estómago cruje e intenta aprovechar algo de lo que flota frente a sus ojos. Quizás haya alguna manera de comerlo, quizás no sepa tan mal.

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