9. La ciudad sigue en mí

– ¿Hola?
– ¿Qué hacés, ratatouille?
– ¡León! ¿sos vo?
– El mismo… ¿podés hablar?
– ¡Qué bueno, crack! ¡Seee! Hace mil que no hablamo, ¿estás en el pueblo?
– Sí, te llamaba por eso. Me quedo por unos días y pensé que podíamos salir a tomar una birra por ahí. ¿Te va o, ahora que te aburguesaste, tomás solo vino importado?
– Seguís siendo el mismo pelotudo de siempre, ¡eh! Vamos a cenar al club, ¿dale? Te paso a buscar a eso de las… nueve.
– A Atlético, imagino…
– ¡Calláte, amargo! Eso ni se pregunta.
– Nos vemos, animal.
– ¡Chaucha!

Nueve menos cuarto, León se sienta en la vereda de su casa a fumar un cigarrillo mientras espera a Martín. Fuma el primero lentamente. Lo aplasta contra el piso y lo lanza con fuerza para que caiga sobre las baldosas del vecino y no sobre las suyas.

Mira detenidamente cada una de las casas de la cuadra. Nota que algunas siguen intactas y que otras cambiaron por completo. Según cada fachada, puede intuir en cuales se mantiene la familia de siempre, ya envejecida, y cuales se vendieron, seguramente por fallecimiento, a parejas jóvenes que llegaron a modernizar el barrio.

Se acuerda de que su mamá le comentó que su vecino había muerto de cirrosis unos meses atrás y se alegra pensando en su esposa, profesora de música en el colegio, quien tuvo que soportar sus maltratos y locuras durante tanto tiempo. Sabe que no va a olvidar las clases en que ella trataba de disimular sus penas argumentando que era la flauta la que le quitaba todo el aire.

Prende otro cigarro y aparece Martín. Su auto ya no es el “fitito” naranja que explotaron durante la secundaria: ahora maneja un Ford Fiesta 0km color azul oscuro. No está polarizado y, lo que más le llama la atención al acercarse, es que tiene una especie de pino de tela colgando del espejo retrovisor, de esos que te dan cuando llevás el auto al lavadero y que largan un olor a naftalina horrible.

Abre la puerta y, antes de terminar de acomodarse sobre el asiento, su amigo se le tira encima y le da un fuerte abrazo. “¿Cómo estás?”, “¿qué hacés acá?” y “¿hace cuánto que no te veo?” son algunas de las tantas preguntas que recibe. León nunca fue de hablar demasiado pero esta vez necesita contarle a alguien que no sabe para dónde ir y descansa en que Martín siempre fue buen oyente. Además, le intriga profundamente saber cómo lo trata la vida desde que heredó el negocio de su papá. Quiere saber cómo son las cosas para alguien que parece tenerlo todo tan resuelto.

Mientras maneja, Martín le cuenta que, justo cuando estaba decidiendo mudarse a San Luis para hacer el curso de Martillero, su papá se descompensó y fue internado de urgencia. Estuvo semanas en terapia intensiva y él se hizo cargo del negocio pensando en que se iba a recuperar y que cada uno volvería a su lugar. Cuando falleció, su mamá y su hermano no quisieron hacerse cargo y, desde ese entonces, la ferretería es su proyecto.

León no habla tanto ni con esa fluidez. Apenas menciona que la facultad no era lo que esperaba, que Buenos Aires hacía que se sintiera solo y que no había hecho ningún amigo.
– ¿Hacía? – lo interrumpe Martín – ¿no pensás volver?
– Si, no sé, no fue eso lo que quise decir
– Ah, pensé que…
– No, no
– Está bien

Martín estaciona y, mientras bajan, hace la pregunta que ambos estuvieron evitando: “¿Sabés algo de Mica?” Se hace un silencio. León lo mira y gira hacia el restaurante.

Entran, eligen una mesa y esperan a que José, el mozo de toda la vida, traiga la carta. Ese lugar tiene la particularidad de que la carta varía constantemente porque los cocineros renuncian frecuentemente. Sin embargo, los mozos tienen las raíces muy bien afianzadas y ya forman parte de la historia del club.

– Che… Disculpá. No quise tocar el tema.
– No pasa nada. Es solo que no tengo nada para decir. ¿Pedimos?
– Sí, yo voy por el lomito completo. ¿Te puedo hacer una pregunta?
León tiene la vista fija en la carta y levanta la mirada..
– Mejor me preguntás después. Pidamos que muero de hambre.
– Bueno. Después de acá voy a ir a lo de “el chino” Ordóñez a jugar un partido de póker. ¿Querés venir? Labura conmigo ahora.
– ¿El chino? Tiene como noventa años. ¿Los chicos no vienen? Pensé que podíamos ir al boliche
– ¿A dónde? León, nadie tomaría mi negocio en serio si me vieran roto en el boliche, ¿de qué hablás?
– ¿No salís más? ¿Y lo chicos?
– Los chicos ya no vienen, cada uno hizo la suya. La última vez fue por el cumpleaños de Gastón y ya ni escuchábamos la misma música. Yo trato de no hacer pavadas. Ahora soy un adulto acá y no está bien visto. Por mis clientes, ¿me entendés? Aprovecho que Sabrina está en lo de sus papás y me junto un ratito hasta que ella termina y la paso a buscar. Pero nada más.
– Un adulto… ¿Pedimos la cuenta?
– Dejá, lo anotan a mi nombre. ¿Te alcanzo a tu casa?
– No, no te preocupes. Voy a caminar un poco.
– ¿Siempre caminando vos? No perdés más esa costumbre solitaria, ¡eh! Parece que hay cosas que no cambian nunca.
– Como este pueblo.

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