11. Un espejo en el televisor

Prende el televisor y se sienta sobre la cama para ver si encuentra algo interesante en el cable. En Suárez hay menos de cuarenta canales y la mitad funciona únicamente hasta las doce de la noche. Pega un sorbo largo a la botella y, después de dar cuatro vueltas por toda la programación, se detiene en una señal que, para su sorpresa por ser cadena extranjera, está pasando una película argentina: “Los espejos de los otros” de Marcos Carnevale.

Si bien no la vio porque leyó varias críticas que la describen como una obra de teatro estática llevada a la pantalla grande y el teatro no le agrada, la deja y le da una oportunidad. Piensa que las cosas se contemplan de diferentes maneras, dependiendo de la situación personal que se esté pasando, y que hoy quizás tenga suerte con ésta.

El film cuenta diferentes historias a través de conversaciones no muy largas que tienen lugar alrededor de una mesa en un restaurante. Los personajes, parejas, familias o grupos de amigos, hacen una especie de resumen de lo que fue su vida juntos, recordando tanto momentos buenos, como aprovechando para escupir sus reclamos.

A medida que avanza, uno como espectador comienza a darse cuenta de que ese restaurante funciona como el purgatorio y que les brinda a estas personas la oportunidad de cruzar unas últimas palabras antes de morir. Algunos lo resuelven bien y otros terminan sacando demasiados trapitos al sol hasta pelearse definitivamente.

León cierra los ojos e intenta imaginarse ahí. ¿Cómo sería la mesa que la vida destinaría para que el lime asperezas antes de morir? Fantasea con quién se encontraría y qué les diría. Ve a su grupo de amigos reclamándole haber desaparecido. Ve a su padre diciéndole que lo defraudó. Ve a su madre pidiéndole que vuelva a ser su bebé. Ve a Micaela, pero ella no le dice nada. Solo lo mira fijamente a los ojos. Su hermano no está, ve la silla vacía.

Vuelve a la realidad y recapacita sobre lo que habló con Martín esta noche. Se pregunta qué estará haciendo ahora el resto de sus amigos. No le intriga tanto  qué hacen sino cómo habrán llegado a construir una vida nueva con la que, sospecha, están tan satisfechos. Mira su celular y piensa en que, aunque siempre trató de evitar la exposición en redes sociales, una cuenta de Instagram o de Facebook podría conectarlo con todas esas personas de las que perdió el rastro.

Prefiere no meterse, por ahora, en ese mundo que le parece tan superficial y vuelve a prestar atención a la película: una pareja que estuvo separada por veintidós años porque la esposa se fue a vivir al exterior. Ella le jura que lo amará toda la vida. Él opta por discutir sobre aquellas infidelidades o relaciones paralelas que ambos tuvieron durante esos años alejados.

León termina la cerveza y prende un cigarro. El hombre admite ser celoso, machista y controlador. Ella insiste en que nunca quiso a ninguno de esos hombres con los que se acostó y que no fueron nada. Mientras intenta abandonar la mesa enojado, a él le agarra un dolor muy fuerte en el pecho que le impide pararse. La mujer lo tranquiliza diciéndole que todavía no llegó su tiempo, que es sólo un pre-infarto y que se salvará. El hombre la mira desconcertado. Ella le da un beso en la mejilla y le explica que pronto volverán a cruzarse. Él entiende que ella está muerta y él, en cambio, a punto de recuperarse y volver a la vida.

Tira la colilla en el tacho de basura y se mete en la cama. Repasa esa escena en su cabeza y se sorprende pensando en que, durante la discusión de ambos personajes, él llegó a sentir empatía por el hombre e incluso pudo odiar a la mujer que, aunque lo abandonó sin remordimiento, ahora le dice que ella sigue siendo su mujer. Más aún le impresiona que, una vez que descubre que ella está muerta y que el hombre no la volverá a ver, todo ese enojo empieza a perder color y pasa a una instancia en la que todos los amantes mencionados que hace instantes lo enervaban, ya no parecen tan graves.

Ve a Micaela de nuevo. Repasa esos giros drásticos de su relación: odiarla por sus hechos, pero perdonarle lo imperdonable con tal de no perderla. Revive esa humillación, puede sentir cómo ésta se transforma en ira, la ve irse caminando e inmediatamente entristece y la perdona, suplicándole que no lo deje. No logra entender esos ciclos. No descubre qué hay en él que permite este tipo de hechos tan rebuscados. Trata de resolverlo durante un largo rato hasta quedarse dormido.

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