12. El ingrediente secreto, desperdiciado

Al despertar, se despereza un largo rato y luego se levanta para abrir las persianas y dejar entrar la luz del día. Sin embargo, es un domingo gris, está nublado y el pasto blanco cubierto de escarcha. Prende primero el televisor, busca las noticias y las deja silenciadas de fondo. Después, prende el CPU de su computadora para poner un poco de música y, durante el ratito que tarda en encender, aprovecha para buscar en el placard lo que se va a poner.

Un aroma que le resulta familiar invade su habitación de golpe. León se asoma a la puerta para poder sentirlo mejor y descifrar de qué se trata. La sensación lo traslada a aquellas mañanas heladas de invierno en las que su mamá le preparaba tostadas francesas antes de llevarlo a la escuela.

Él se sentaba en la mesa de la cocina y la observaba minuciosamente mientras pegaba un último vistazo a su cuaderno de tareas. Ella cortaba el pan del día anterior en rebanadas. “Las más gruesas son para vos, Leoncito.” Luego, las empapaba dentro de un bowl que contenía huevos batidos y leche. Su parte favorita era cuando la veía tirar un cubo de manteca sobre una sartén a fuego lento porque sabía que, en cuestión de segundos, ese olor suave y delicioso surgía para ocupar cada milímetro del aire.

Su madre doraba las rodajas de pan en esa sartén y, una vez sobre el plato, las espolvoreaba no con azúcar y canela como dice la receta original, sino con su ingrediente secreto: chocolate en polvo. El mismo que utilizaba para preparar su taza de leche caliente.

Se viste rápidamente, agarra el primer abrigo que encuentra sobre la silla y, sin siquiera acomodarse el pelo, todo parado y marcado por la almohada, baja salteando de a tres escalones. Atraviesa el pasillo y, cuando ingresa en la cocina, encuentra que el dueño de los pantalones olvidados en el baño la noche anterior, está sentado a la mesa mojando sus tostadas en una taza de café negro.

Tanto el hombre como su madre, levantan la vista y lo miran fijamente a los ojos. Ella, parada frente a la sartén, da vuelta los pedazos de pan y él lleva a su boca una tostada que desborda de mermelada. Se da cuenta de que las agujas del reloj de pared marcan las doce y veinte del mediodía y trata de recordar si alguna vez vio a su madre desayunar tan tarde, pero no lo logra. Siente que la desconoce. Alcanza a ver sobre la mesada la lata amarilla en la que guardan el ingrediente secreto. Las rodajas que aún se deslizan sobre la manteca hirviendo, comienzan a carbonizarse y la cocina se llena de humo negro y amargo.

León se da vuelta y camina hacia la puerta de salida. Se agacha en el rincón en que dejan los zapatos al entrar, se pone los suyos y, cuando se está terminando de atar los cordones, su madre atina a decir algo, pero él, de espaldas y sin mirarla, levanta su mano derecha con los dedos abiertos rígidamente e impide que continúe.

Ella se calla, él se levanta, agarra sus llaves y se va.

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