14. El depósito

Desde que León ayuda a Antonela en el videoclub, sus semanas transcurren a otra velocidad. Al principio, iba solo en el turno mañana, pero con el tiempo se fue encariñando con el lugar y ahora pasa, aproximadamente, seis o siete horas por día. No hay demasiado para hacer, pero tiene metido en la cabeza que en esos estantes hay un sinfín de reliquias llenas de polvo que debe rescatar.

Durante la hora de la siesta, el pueblo se para y los negocios cierran. León, sin embargo, suele quedarse ahí para aprovechar que nadie interrumpe su aventura. Cruza a la estación de servicio, compra un sándwich de milanesa y una gaseosa, y se encierra en el depósito para reordenar los cientos de VHS y DVD’s. No tiene un criterio estable: a veces, las acomoda por género; otras, por año e incluso se toma el atrevimiento, ya que su compañera no tiene la menor idea de nada, de enumerarlas según cuánto le gustan a él mismo.

A eso de las cinco, Antonela vuelve y se sienta frente a la computadora a mirar alguna serie de moda como, por ejemplo, una sobre una adolescente que se suicida y deja trece grabaciones de cassettes contando por qué decidió tomar semejante situación. De vez en cuando calienta una pava para el mate, saca unos bizcochitos del exhibidor y se abstrae por completo. De lunes a viernes, los clientes brillan por su ausencia. A veces, entra alguna madre desesperada por entretener a sus hijos que faltaron a la escuela por enfermedad. Si no, el poco movimiento se reserva para los fines de semana.

León trata de pensar alguna idea que reavive ese lugar. Entiende perfectamente que las plataformas como Netflix fueron terminando de a poco con los alquileres a la antigua, pero está convencido de que el videoclub tiene que ofrecer algo mágico, algo que no esté online, algo que recree el aura que tenía aquel viejito aficionado que un día se animó a abrir un local de películas en un pueblo fantasma. Pasa semanas rompiéndose la cabeza, pero no consigue demasiado.

Un día, después de devorar su sándwich, prende la estufa del depósito y se pone a ordenar unas canastas llenas de cables y cosas que, sospecha, no tienen ningún uso. Encuentra VHS rotos, facturas que vencieron hace años, lapiceras con el logo del negocio, una gorra bordó con olor a naftalina, papeles amarillentos y mucha más basura. Revuelve y va tirando en una bolsa de consorcio vieja y emparchada con cinta lo que va encontrando. De repente, sus manos se topan con algo cuadrado, duro y pesado. Saca todo lo que le impide verlo con claridad y descubre que es un viejo proyector. En la misma caja, encuentra un cable amarillo y una videocasetera. Saca estos dos artefactos, los sopla para quitarle el polvo y lo observa de cerca para entender cómo funciona.

Justo cuando está mirando las diferentes salidas de los aparatos, entra Antonela gritando que vino su padre para darles una noticia. León tapa todo con una caja vacía dada vuelta y se apura para salir del depósito y evitar que la conversación termine desarrollándose en ese lugar.

Cierra la puerta y se acerca al mostrador, dónde ella y el señor hablan sobre la hija del dueño de la panadería de enfrente. Una vez que están los tres, el padre les dice que lo mejor va a ser vender. Antonela lo mira fijo y, a pesar de su verborragia habitual, no emite palabra. León le pregunta qué harían, en ese caso, con las películas y el hombre responde que podrían regalarlas o donarlas y agrega que eso no tiene importancia. Les da una palmada a ambos, les dice que la semana que viene les va a pedir que se reúnan para charlar sobre el tema y se va.

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