15. Carta a Colette

Hoy volví a quedarme sin qué hacer porque el videoclub en el que trabajaba cerró. Los dueños me regalaron cajas y cajas de VHS y también me traje (sin tanto permiso) un proyector. Puse todo en el cuartito del patio. Este tesoro me hace sentir completo. No sé qué voy a hacer con él, pero probablemente te reemplace en mi cabeza y eso es lo mejor que me puede pasar.

Sé feliz,

León.

 

León abolla el intento de carta con una mano y la tira al tacho de basura cubierto de cenizas rancias. Apoya el pucho sobre una de las esquinas del cenicero y sigue ordenando las cajas de VHS. Tardó un fin de semana en limpiar y acomodar el quincho: tiró todo lo que acumulaba hace años e hizo espacio para algo a lo que sí le daría uso. Ahora solo tiene que armar un par de estantes y dejar todo lo más prolijo posible para que su madre no proteste.

De las cajas saca todo tipo de película: El Ciudadano de Orson Welles traducida al español, varias de Buñuel y una en particular que le atrae el título “Los Olvidados” y “8 y 1/2” del grandísimo Federico Fellini. Inmediatamente se le aparece la imagen del gato negro que dibuja Liniers y se pregunta si es de ahí que viene el nombre del bicho de cuatro patas. Nombres que le resultan familiares, como Frank Capra y John Ford. Los Aristogatos y varias otras de Disney que lo remontan a sus primeros contactos con el cine. Distintas versiones de las películas de Chaplin con títulos que responden a los diferentes países en que se comercializaron, Psicosis de Hitchcock y mucho más.

Siente sed de querer profundizar sobre todo lo que tiene en sus manos y no sabe por dónde empezar. A medida que desempolva las cajas de los VHS, les asigna un lugar en la repisa y va anotando qué hay. En una de ellas, revela que la etiqueta que dice “Video Hot”, está levantada. La despega y ve que debajo de esa etiqueta colorida descansa una en blanco y negro que dice “Círculo Cinéfilo”. Lo busca en internet y encuentra montañas de información. Abre los primeros resultados y descubre que fue el mismísimo Truffaut quien en sus inicios tuvo un videoclub llamado con el mismo nombre. Pasa horas leyendo acerca de su vida, sentado en el piso sobre una alfombra de lana y apoyado contra la pared, mientras sus cigarrillos se consumen en su mano, olvidados.

Lo obsesiona la reseña sobre “Los 400 golpes” y busca incansablemente entre las cajas hasta encontrarla. La guarda en su mochila, cierra el quincho con llave y sale hasta el kiosco de la esquina para comprar unas cervezas y unas papas fritas. Vuelve con bolsas de papel madera y sube directamente a su habitación. Destapa la primera botella con su encendedor y pone la película en la videocasetera.

Se enamora de Antoine Doinel, el personaje, por lo rápido que se identifica con él: un pibe solitario, antisocial y rebelde. El parecido no es estrictamente físico sino más bien moral. La película, una crónica de la adolescencia no contada desde la habitual y empalagosa nostalgia conmovedora sino, por el contrario, como un momento terrible que todos tenemos que pasar mal que nos pese, le pone palabras a todo eso que sintió durante toda su vida pero que no supo explicar. Entiende que el título, más allá de que su significado estricto sea lo que en Argentina llamamos “mandarse las mil y una”, también hace referencia a los golpazos que nos vamos dando a medida que nos despabilamos y empezamos a entender lo crudo que resulta ser el mundo real.

Termina la película y con ella sus bebidas. Prende la computadora y sigue leyendo para conocer aún más a este director que acaba de atraparlo. Siente que su rebeldía y su forma desastrosa de vivir, puede desembocar en algo grandioso. Que todavía está a tiempo de ser un genio y no un caso perdido. Lee que Truffaut prefería los policiales o las de amor porque era más posible identificarse con ellas que con una de guerra, por ejemplo. Decide apropiarse de esa frase para consolarse cada vez que sus amigos lo gastan porque se duerme en las de Marvel.

Su anacronismo y su romanticismo dejan de ser una mochila pesada para convertirse en aquello que más especial lo hace sentir.

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