16. Algo grande

A medida que transcurre el tiempo, el cuartito de atrás se convierte cada vez más en su refugio. Pasa horas encerrado ahí mirando películas y leyendo al respecto. Por la mañana, ayuda a su tío Oscar en una vinoteca que abrió en el centro y al mediodía vuelve a su casa, prepara alguna comida rápida y empieza la maratón cinematográfica.

El negocio es tranquilo. No vende demasiado, pero aprovecha para escuchar música y leer algún libro en la computadora. Si bien tiene muchas librerías cerca, ninguna ofrece nada de lo que él busca. A diferencia de ciudades como Buenos Aires, en el pueblo la gente no suele leer sobre temas específicos sino que se conforma con lo que hay. Y, lo que hay, se limita a aquellos best sellers o libros de moda publicitados de la misma manera que un shampoo desenredante. Se pregunta si es porque no saben qué le gusta o si, peor aún, no saben debido a que desconocen porque no hay oferta. Agradece que, por suerte, existen los e-book que trascienden distancias y cualquier otro tipo de limitación.

Su tío no le paga demasiado y, aunque lo ayuda, en parte, para darle una mano y, en otra, para tener algo que hacer, empieza a convertirse en un jefe demasiado exigente que lo llama a cualquier hora sin motivo contundente para que vaya al local. A veces, le pide que descargue mercadería de los camiones, que ordene las cajas e incluso solamente que le cebe unos mates mientras él hace la facturación. León empieza a cansarse, pero respira hondo y pone la cabeza en lo que sabe que viene después de la siesta: sus películas.

Un día, después de pasar toda la mañana muerto de frío en el negocio, anhelando que, al menos, entre un cliente para preguntar el precio de algo que quizás no tiene en stock, se propone pensar el modo de darle una vuelta a sus películas y hacer algo grande. Vuelve a su casa, almuerza los restos de un guiso de lentejas que su mamá le dejó en el microondas y se lleva una frazada y una barra de chocolate al quincho. Acuesta el proyector en el piso y se tira sobre la frazada panza arriba y mira “Antoine y Colette” de Truffaut por tercera vez proyectada en el techo. Observa cada detalle como si fuera la primera vez y, al pensar en lo mucho que se pierden todos aquellos que no conocen este tipo de cine, entiende que su tarea es justamente alcanzárselo.

A la mañana siguiente, ni bien llega al trabajo, le propone a su tío armar proyecciones en su vinoteca. León habla sin parar, en tono elevado y haciendo gestos con las manos a toda velocidad. Oscar, mientras ceba unos mates lavados, lo mira atentamente. Su sobrino ya tiene todo ideado: conseguir empanadas, servir copas de aquellos vinos que él quiera promocionar  y proyectar una película por encuentro. Agrega que sería interesante que alguien la presente, en principio él mismo y después quien se anime. Sugiere que esta persona cuente un poco del contexto, del director y cualquier otra cosa que el público quiera saber.

Su tío no tiene otro remedio que aceptar, pero, como única condición, le pide fijar un precio accesible para la entrada que justifique cerrar el local una vez por semana. León acepta contento y se sienta en la computadora. Le dice al tío que vaya tranquilo y se pone a bajar un programa de diseño para darle vida a lo poco que aprendió en la Universidad y armar folletos para repartir y pósters para pegar en los demás negocios de la zona.

Recuerda al viejito que atendía el videoclub y se alegra al imaginar la cara de felicidad que pondría al ver lo que está a punto de hacer con su tesoro.

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