17. Invasión

Pasa horas en la vinoteca jugando con sus diseños. Se le hace demasiado tarde y solo toma conciencia de esto cuando su estómago empieza a rugir.

Esa noche, vuelve a su casa exaltado y lleno de entusiasmo. No ve la hora de pegar afiches por todo el pueblo para convocar a su público. Entra, deja sus zapatos en un rincón y va directo a la cocina para ver qué hay de cenar. Cuando llega, encuentra solo un montón de ollas sucias abandonadas sobre la mesada. Se asoma por la ventana y ve que su madre y el novio están cenando a la luz de la vela en una mesa en el patio. La puerta del quincho está abierta y nota que ahí pusieron una mesa para apoyar las bebidas y la fuente de comida. Le preocupan sus películas, pero no se anima a salir. Su humor baja de repente y no tiene ganas de generar ninguna discusión.

Agarra un paquete de galletitas saladas, una botella de agua y sube a su habitación. Intenta mirar algo en la televisión, pero solo quiere bajar el volumen y estar atento, escuchar cada movimiento. Quiere esperar a que esos dos se vayan del fondo y correr por sus cosas.

La noche se hace larga. La pareja pasa de la cena al postre, del postre al café y luego se deleitan con un par de tragos. A León se le cierran los ojos, pero hace fuerza para mantenerse despierto. Tirado sobre su cama, con la vista clavada en el techo, observa la sombra de cada uno de los participantes de esa cena. Le resulta empalagosa y romántica. El tipo cuenta historias que nadie podría creer, en las que se pinta a él mismo como un héroe épico. Escucha como su madre asiente maravillada.

En un momento, siente que la conversación gira hacia lo sexual y empieza a ponerse nervioso. Tanto que sus manos transpiran sin parar. Tose para que recuerden que está ahí arriba, en su altillo, pero ninguno de los dos toma conciencia. El hombre empieza a mencionar las cosas que quisiera hacerle a su madre y ella, seguramente ruborizada, apenas alcanza a responder “Ay, Miguel”. Continúa escuchando cosas que quisiera no imaginar hasta que la incomodidad se transforma en ahogo. León se para, abre las persianas y las vuelve a cerrar dando un golpe que retumba en toda la manzana. La pareja hace tanto silencio que él no logra distinguir si siguen ahí o si se fueron adentro hasta que, después de unos minutos de tensión, ella empieza a levantar la vajilla.

Decide esperar a que acomoden para bajar de una vez. Sin embargo, se queda dormido entre ruidos de platos, copas y cubiertos.

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