23. Sin lugar adónde ir

La cena transcurrió como de costumbre. Comieron pollo a la plancha con una ensalada agridulce de espinacas crudas y frutas exóticas, repleta de semillas con propiedades que no quiso ni escuchar, un vino del local de su tío y, de postre, un té de jazmín comprado en la única dietética del pueblo. Sofía, además de ser joven y ejercitar mucho, es una obsesiva de la alimentación. León no puede evitar imaginarla con otros hombres teniendo en cuenta que su padre, al llevarle tantos años y estar tan avejentado, no debe exigirle demasiado en cuanto a estética.

Agustín no sacó los ojos de la pantalla de su celular de última generación y su padre se limitó a hacerle una seguidilla de preguntas secas y superficiales para alcanzar un tipo de interacción que pueda considerarse aceptable. Sin embargo, no le preguntó por la facultad hasta que Sofía irrumpió con tono de hartazgo para preguntarle a Javier si todavía no le había dicho nada. León se quedó helado. Hay pocas noticias que necesiten contarle a él. Comparten pocas cosas familiares y, generalmente, él no suele ser parte.

Su padre le pidió paciencia a ella y luego volvió la vista hacia él. Le dijo que estaban en aprietos y que debía rescindir el alquiler del departamento de Buenos Aires. Nunca tuvo problemas económicos, pero no se animó a preguntar qué pasaba esta vez, simplemente asintió y Javier no quiso insistir en saber qué pensaba porque, de todos modos, la decisión estaba tomada. Levantaron los platos y se fue.

Llega caminando hasta su casa, repasando lo que acaba de suceder. Se acerca a la puerta y se sienta en uno de los escalones. No tiene registro de cuándo fue la última vez que durmió en la casa de su papá, pero esta vez, teniendo en cuenta que su madre prácticamente lo echó, estaba dispuesto a pedirle un lugar en sillón hasta volverse a Buenos Aires. Esto no pasó y, peor aún, salió de allá sabiendo que tampoco en la Ciudad tendría un lugar.

Comienza a escuchar risas que se interponen a esa música melosa y de mal gusto que elije el novio de su mamá. Vidrios que brindan, cubiertos que caen sobre los platos y un álbum completo de Cacho Castaña. León atina a girar el picaporte pero prefiere pegar la vuelta y salir a recorrer las calles, aunque no tenga un destino determinado. Se detiene en la estación del tren y se sienta en el andén a contemplar la noche estrellada. No hay nadie más que él y un perro callejero que suele dormir entre los pastos crecidos al costado de las vías. Saca un cigarrillo y se lo pone en los labios pero no lo enciende.

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