25. Hasta que arda

Cuando llega a lo de Florencia, lo sorprende un cartel que dice “En venta”, medio destartalado, atado a una de las persianas. Golpea la puerta con sutileza y espera a ser atendido. Escucha que alguien grita y la voz de ella que pide silencio. Se abre la puerta y la ve: un poco más gorda que la última vez, con el pelo atado como si hubiera estado trabajando en algo durante horas y vestida con jogging y buzo. Piensa que es la primera vez que no la ve exageradamente maquillada, con ropa corta y tacos altos, pero no le importa en absoluto cómo luce.

Florencia le pregunta si piensa quedarse ahí parado toda la noche y lo apura a entrar. Le pide disculpas porque, como no sabía que él iría, no tuvo tiempo de echar a su madre, a quien León alcanza a ver al final del pasillo por un pequeño espacio que queda entre una puerta a mal cerrar. Una mujer gorda de piernas hinchadas llenas de venas azules, a penas cubiertas por un vestido grisáceo con flores azules. Florencia camina más rápido y cierra esa puerta. Luego le hace señas con las manos para que pase a la habitación de enfrente.

  • ¿Querés vodka?
  • ¿De los que tomas vos? No, mejor paso.
  • ¿Ahora sos selectivo para romperte la cabeza? Puedo ofrecerte algo del novio de mi vieja.
  • No, gracias. No quiero nada.
  • Me estás empezando a asustar – dice Florencia mientras se sirve un vaso lleno de Smirnoff.

Pone música y se sienta sobre la cama en la que se desplomó León sin siquiera sacarse los zapatos. León no saca sus ojos del techo.

  • ¿Prendemos uno?
  • Dale, eso sí.

León se para, abre la computadora y cambia el reggaetón por un disco de Regina Spektor que le gusta escuchar cuando está triste. Florencia abre los ojos con tono de asco, pero no le dice nada. Lo mira y da una palmada sobre la cama para que se acerque. Le pasa el porro y, cuando él lo está por agarrar, le da un beso en la boca. Luego le pasa el cigarro. Fuman uno, dos, tres y siguen hasta terminar medio frasco de mermelada. Ella se ríe a carcajadas sin motivo alguno, pero León solo se siente flotar. Pega pitadas lentas y mueve la cabeza al ritmo lento de la música. De Regina Spektor pasa a Spinetta y del flaco, directamente a un jazz instrumental.

Florencia sigue riéndose sin cuestionarle nada. Hasta que, en un momento, se para enfrente de él y le grita que fuera al grano. Se baja el pantalón como si estuviera bailando, se saca las medias y recorre su cuerpo con sus manos hacia su torso para quitar su remera también. León la mira e intenta concentrarse, pero no puede. Ve a Micaela y quiere abrazarla. Quiere verla dormir en su pecho y despertarla a la mañana con su yogur con granola. Florencia lo agarra del mentón y lo obliga a mirarla.

  • Te hace falta un poco de esto. Tomá hasta que queme la garganta y no digas nada que yo hago el resto.

León agarra la botella del pico y la empina hasta sentir ese ardor del que hablaba.

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