Drexler en el Gran Rex (2017)

Anoche fui a ver al Jorge Drexler al Gran Rex y, como era de esperar, salí fascinada. Fue su cuarta fecha en Buenos Aires de la gira de su último álbum: “Salvavidas de hielo” (2017). Vale la pena remarcar que, originalmente, había solo dos fechas previstas y tuvo que incluir dos más. Todas se agotaron incluso antes de que se saliera el disco a presentar.

Si bien su música merece páginas y páginas de nota, hoy quiero hablar de otra cosa. El artista uruguayo acompaña su talento musical con una bella forma de ser: poética, sensible, soñador. Defensor de los derechos humanos y del bienestar colectivo, admirador y enamorado de todo lo que sucede en la naturaleza: a macro y micro niveles.

Tanto con sus analogías como con las explicaciones en crudo que brinda antes de cada canción, Drexler te invita a poner en pausa tu acelerada manera de vivir para dedicarte a percibir las pequeñas cosas que, por más sencillas que sean, te conectan con lo más importante: tu esencia. El silencio, el cielo, las nubes y el mar son algunas de las cosas que destaca constantemente. Frente a la visión superficial de éxito y riqueza que solemos consumir, propone un hombre simple que se aferra a lo que considera que sí vale la pena y que no se compra con dinero sino que está al alcance de todos y que solo necesitamos prestarle atención. Valora el tiempo y la vida comparándolos con la importancia del mismo sol. Brinda por las cosas que no pudieron ser y nos enseña a decir adiós, a sanar, a soltar, a querer tanto lo bueno como lo malo. A disfrutar mientras dure y a no llorar cuando ya no está. Lejos de mostrar una actitud positiva constantemente, elige amigarse con cada estado de ánimo, lo abraza y le hace un lugar para que se desarrolle como debe ser.

Ni bien entramos, en una breve línea dijo que el recital sería un refugio de las clemencias que pasan afuera. Luego, a medida que fue poniéndonos en clima y haciéndonos sentir eso mismo con sus canciones, agregó que lo que veíamos en pantalla eran las cuerdas de una guitarra vistas desde adentro. La guitarra, acostada en un parque panza arriba, nos permitía a nosotros, protegidos dentro de la panza del instrumento, contemplar el cielo azul, las nubes, el aire. Comparó al teatro con una enorme panza de guitarra y nos propuso disfrutar todo desde ahí.

El show fue alternando entre temas acústicos en los que él se acercaba a la punta del escenario escapándose incluso de las luces y sentaba en un banquito a cantar, y aquellos a todo trapo con toda la banda, luces, efectos y gritos del público. Incluso, en un momento, se generó un clima especial del estilo de un fogón en el que algunos de sus músicos se sumaron con guitarra y guitarrón. Los espectadores pasábamos de la tranquilidad a la exaltación total y acompañábamos cada ritmo como él, que nos guiaba, prefería. Eso sí, la interacción que genera con el público transciende el mero “aguante” y se convierte en una participación casi simétrica.

Cabe destacar que le dedicó una muy linda canción a Santiago Maldonado: “Polvo de estrellas”, que habla sobre la importancia de la vida y puede sintetizarse en la siguiente frase: “Vale,
una vida lo que un sol”. Además, eligió un fragmento de “Free Fallin” para homenajear a Tom Petty quien falleció en medio de la gira que está llevando a cabo el uruguayo.

La gira por Buenos Aires terminó, pero recomiendo aprovechar cualquier localidad que les que cerca porque es un antes y un después, un lindo mimo a los oídos pero también al alma.

Álbum “Salvavidas de hielo” (2017)

 

Anuncios