Catarsis

9 de agosto, 2018

Yo siempre trato de mantener mi boca callada porque, como dicen mis papás medio en chiste, medio preocupados, suelo ser bastante ácida y, especialmente, intolerante. “No podés pretender que todo el mundo piense como vos, Malena”- es algo que escucho muy a menudo. Lo entiendo, lo acepto y no digo más nada.

Sin embargo, no se trata de esperar que todos pensemos igual y mucho menos que piensen como yo, una pendeja de 25 años que tiene demasiado por aprender todavía. Lo que espero, siempre, es que los adultos que toman las decisiones tengan un gramo, al menos, de sentido común. Que me refuten, que me pongan a prueba, que me enseñen algo que yo no llegué a experimentar. Y cuando me indigno y me quejo, queridos mayores, es porque escucho incoherencias que cualquiera con dos dedos de frente no diría. Y, más allá de que se trate o no de personas justas y con ideales, ni siquiera son capaces de boludearnos con altura para que no se note tanto. Que sean más vivos, ¿no?

Las frases que escuchamos ayer no tienen desperdicio. Vergüenza es poco. Vengo de una ciudad no tan grande pero que sigue siendo parte de la provincia de Buenos Aires, en la que la mentalidad, y perdónenme mis conocidos de allá, es bastante chata y conservadora. Deprimente. Poco sentido común, poca idea de lo que pasa afuera en el mundo y, en especial, una habilidad innata por mirar al otro lado y ocultar todo aquello que pueda generar controversias. Si hablamos del aborto, específicamente, hay un millón de casos conocidos pero nadie va a tirar la primera piedra. Si así funcionan las cosas ahí, imaginemos las mentalidades que gobiernan en el resto del país, en provincias que bastante dejadas de lado están.

Ojo, no estoy diciendo que todos sean así. Al contrario, creo que hay mucha gente capaz y actualizada que podría hablar, pero que es opacada por esos mismos de siempre que, al fin y al cabo, nos representan.

Otra cosa que aprendí de muy chica, gracias a ser parte de una familia en la que siempre se habló de política, es que nosotros somos tan responsables de las decisiones que toma el país como aquellos que ponen el gancho en los papeles finales. Para eso, siempre intento tomar conciencia de quienes se postulan cada año, qué proponen, quiénes son, de dónde vienen y, especialmente, qué trayectoria política tienen y con quiénes se codearon a lo largo de su carrera.

Ayer, mientras esperaba ansiosa los resultados de la votación en el senado, chusmeaba en los portales de noticias las caritas de quienes se habían declarado a favor y quienes en contra. Figuritas repetidas, algunas incluso anteriores a mi nacimiento. Menem, Reuteman, CFK. No hablo de que sean o no afines a mi postura, sino de personas que ya tuvieron su oportunidad de gobernar y que, si no perduraron fue porque las cosas tan bien no las hicieron.

Somos millones y millones de argentinos que podemos participar, de diferentes maneras, en las cuestiones de Estado. Es agotadora y hasta hostil la política. Lo sé. Lo veo a mi papá llenarse de canas queriendo cambiar el mundo desde que tengo uso de razón. ¿Los buenos no ganan? No, mientras que sigamos dejando entrar a todos estos pelotudos puede que no. Pero, nuevamente, depende de nosotros. ¿Cómo podemos cambiarlo? Empezando por leer el diario. Informándonos sobre lo que pasa y lo que se decide. Siendo críticos. Levantando la mano y quejándonos cuando creamos que algo no es coherente o justo. Nosotros somos su público y su sustento. Sin nosotros, no llegan a ningún lado. Entonces, basta de considerar a los políticos como algo superior porque el poder, reitero, se lo damos nosotros. Y así como se lo damos, podemos retirárselo.

¿Sabían que muchos de los que votaron ayer (sea por sí o por no) lo hicieron basándose en encuestas de opinión, de acuerdo a lo que su público (sea municipal, provincial o nacional) prefería? Esto demuestra que nuestra voz vale y que están atentos a ella.

Si no es este año, será el próximo pero, mientras, hagamos de esta lucha algo anual, algo que se refleje en las urnas, algo que haga temblar a cada candidato y que lo obligue a esforzarse un poco más para conseguir nuestro voto. No entreguemos ese mando tan fácil a cualquier imbécil. Y si ninguno nos conserve, participemos en carne propia. Tenemos el mismo derecho que cualquier otro a obtener un rol gubernamental. Seamos activos: desde casa o desde el gobierno. Mentes activas y críticas.

No jodo más. Necesitaba, como el título refleja, hacer catarsis.

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