Boston – parte 1

 

Cuando decidimos que pasaríamos unos días en Boston, me ofrecí a hacerme cargo del hospedaje y empecé una búsqueda detallista en booking.com. Como en NY habíamos reservado un departamento muy lindo en una de las mejores zonas (ya voy a hablar de eso), quise que nuestra estadía un Boston tuviera otra onda. Claramente, no hay nada feo en esta ciudad, pero encontré un hostel muy particular y económico en una de las zonas más lindas: Back Bay.

Back Bay es un barrio de calles empedradas y casas victorianas (me impresionó que debe ser una de las ciudades en que mejor se conservan estas construcciones antiguas), con mucha clase y un ambiente muy juvenil. A pesar de ser un punto importante del país, es muy tranquila especialmente en verano cuando sus estudiantes vuelven a sus casas por vacaciones (recordemos que ahí se encuentran algunas de las universidades más prestigiosas como Harvard o MIT). El orden y la prolijidad es lo que más me llamó la atención.

Paramos en 463 Beacon Street, una casa antigua de cinco pisos que funciona como Guesthouse y que se llama así por su calle, una de las más lindas que vi en mi vida. Elegí una habitación en el quinto piso, llamada “The Marathon Room” a pesar de que nos sometíamos (o mejor dicho, a mi novio tan caballero) a subir y bajar las valijas por escaleras, porque era la única que tenía terraza y baño privado. Días antes de llegar, me enviaron un código por mail con el que podríamos abrir la puerta en caso de llegar pasadas las dos de la tarde. Además, indicaciones del lugar en que esconderían nuestras llaves.

Después de 5 horas de viaje desde NYC, cerca de las siete de la tarde, bajamos del auto anonadados por lo que veían nuestros ojos. Nos quedamos parados ambos en el medio de la calle tratando de procesar dónde estábamos porque era demasiado lindo. “De película”. Después me acerqué a la puerta con mi papelito (soy pésima con los números) para poner el código en la cerradura. La puerta chilló lentamente mientras se abría, como en una película de terror, y ni bien pusimos un pie en el piso, la madera crujió. Nos recibió un hall lleno de folletos y mapas para turistas en todos los idiomas y después un living antiguo con muebles perfectamente lustrados. Buscamos ambos la llave por todos lados, hasta que entendimos que estábamos codificando mal las instrucciones y las encontramos dentro de un cajón en el que también había un bowl con caramelos ácidos.

Subimos las escaleras caracol de madera cubiertas en terciopelo rojo hasta que llegamos a nuestra habitación (me falta el nombre). Una cama matrimonial bajita cubierta por un acolchado limpio pero viejo, una cómoda, una mesa con sillas, sillones de un cuerpo y una mesada con frigobar para guardar lo que quisiéramos. El baño: un espacio muy chico, con una bañera que parecía un baño químico por su tamaño, su material y su forma. La mejor parte: la terraza. Imaginen poder sentarse en una mesita mirando una de las calles más lindas de Boston desde arriba.

Nos duchamos y salimos a pasear. El downtown también es de casas antiguas, todas color ladrillo, perfectamente mantenidas. Las mejores marcas se adaptan a esa estética e incluso los cafés, bares y restaurantes, sean del estilo o cultura que sean. Esto es algo muy lindo porque obliga a mantener una línea que responde a un estilo más bien europeo, visualmente prolijo, que creo hace a la esencia del lugar.

Cenamos en Solas Irish Pub, sobre la calle Boylston, en la que están casi todos los negocios y bares. Pedimos un par de pintas y sándwiches. Muy parecido a todos los Irish Pub que conocemos, pero con gente de todas las edades e incluso familias.  Como en la mayoría de las ciudades norteamericanas, cenan temprano. A nosotros, argentinos, suele resultarnos raro, pero esta vez nos bien y nos fuimos a dormir porque estábamos muy cansados y queríamos aprovechar el día siguiente recorriendo las partes históricas.

 

 

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