Noche de cine a la antigua y bar notable

 

Como el sábado fue un día enteramente gris y lluvioso, pensamos que sería muy buen plan visitar la Sala Lugones del Teatro San Martín. Es la tercera vez que vamos desde que inauguró, aprovechando el ciclo de cine (restaurado) francés con el que volvió a escena. Las veces anteriores vimos Los 400 golpes de Truffaut y El desprecio de Godard.

Una gran casualidad: la función de esa tarde hizo honor al clima con “Los paraguas de Cherburgo” de Jacques Demy (1964). Protagonizada por Catherine Deneuve y Nino Castelnuovo, se trata de una comedia romántica que presenta, a mi parecer, una nueva forma de hacer musicales. No es la clásica película del genero en la que todo transcurre entre diálogos normales y que la música aparece para resaltar los pensamientos de los personajes, sino que, acá, absolutamente está inmerso en una canción: cada dialogo, cada pensamiento, cada conversación por más secundaria que sea.

Como millenial que soy, no puedo evitar compararla con La la land, aunque la sucesión sea al revés. Es decir, si hubiera conocido esta película antes, hubiera sido capaz, al ver La la land, de reconocer todo lo que toma de Los paraguas de Cherburgo: los colores, el tipo de canciones, la vestimenta, las escenas, las coreografías y, hasta déjenme decir, la historia y su final (aunque Damien Chazelle le haya dado un ajuste al ritmo de esta época). No queda duda de que este último se haya inspirado un 100% y haya querido homenajear a esta joya del cine clásico francés.

Es una película poderosa, sumamente dramática, pero que al mismo tiempo transmite una historia de amor entre dos seres absolutamente comunes, convencionales, y éste romance es construído de una forma sublime gracias al mágico recurso de la música, que acompaña emotivamente cada momento de sus vidas. Ojo, que esto no suene a historia ideal ya que, como toda película francesa, es tan real y complicada como la vida que conocemos: con idas y venidas, obligaciones, responsabilidades, terceros en discordia, encuentros y desencuentros. Habla del amor en todas sus formas y sobre cómo cambia la vida constantemente, cómo transforma el panorama original y cómo, especialmente, afrontamos todos sus obstáculos, modificamos la manera en que vivimos o a nosotros mismos. Dependerá de cada uno si elige correr y mojarse o comprar un elegante paraguas que nos resguarde.

A diferencia de La la land, creo que en esta película cada elección tiene un por qué. Los colores, al principio, intensos y brillantes, representan un amor ideal, de ensueño, difícil de mantener, que luego son reemplazados por tonos negros, grises, verdes oscuros y marrones, una vez que se deja de soñar con ese amor adolescente y aparece aquel más guiado por la razón o que la muerte deja a alguno de los personajes de luto. Ni siquiera los niños, parte de una familia adulta, visten un despanpanante naranja o azul eléctrico como solíamos ver al principio.

La sala, como dije anteriormente, fue inaugurada hace poco después de un tiempo de permanecer cerrada. Es en el décimo piso del Teatro San Martín en Avenida Corrientes y la entrada cuesta $40 ($20 para estudiantes). Se sube por un ascensor al estilo Mad Men, guiado por su ascensorista, que recorre cada piso a su paciente ritmo. Se abre la puerta el en diez y bajas a un hall alfombrado pomposamente, con sillones en el medio y un ventanal enorme que da directo a la avenida. Casi que podríamos considerarlo un mirador newyorkino. La sala, también alfombrada, tiene un par de butacas bajas color madera, una pantalla enorme y un escenario para sus presentaciones. El olor a viejo, mucho más sutil que el del BAMA, te remonta directamente a la historias en que tus abuelos iban al cineclub. Ni hablar cuando se apaga la luz y aparecer los créditos.

Cuando terminamos, caminamos hasta un bar notable que se llama Celta Bar, nos sentamos en una mesa para dos que daba a esas enormes ventanas de madera marrón que hay en ese tipo de lugares y pedimos una tabla de quesos y dos pintas de cerveza artesanal que nada tenían de las que venden en Palermo y que cuestan fortunas: por $75 (sin esa mentira del Happy Hour) tomamos una roja y una negra con sabor fuerte, real, gas justo y espuma como debe. Picamos los quesos (también fresquísimos) acompañados por una canasta de maní para pelar y otra para dejar su cáscara.

Vimos el diluvio caer y la gente pasar: algunos tranquilos, descubiertos bajo el agua, y otros corriendo desesperados bajo despampanantes paraguas. Escuchamos y reímos con conversaciones ajenas y, después de la segunda ronda, pedimos la cuenta y nos fuimos caminando por la Avenida Corrientes que nunca duerme, mientras las gotas sonaban una por una en nuestras cabezas.

 

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