La revista que no tuvimos los millennials

Hace un tiempo descubrí La Agenda Revista, una revista online publicada en la página del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, que se caracteriza por ser de mente abierta, con pluralidad de voces y flexible-libre en cuánto a género y formato.  Para mí, esto la lleva a traspasar los límites que esperamos encontrar en una revista y se desarrolla en límite entre éstas y de los blogs.

En La Agenda encontramos historias, reflexiones, críticas y muchas otras cosas, redactadas, no siguiendo un manual de normas (que las llevarían a ser todas iguales), sino desde la voz y el estilo del propio autor. Al leerlas, estamos escuchando a quien habla. Tan genuino como si éste estuviera contándonos algo sentado en el living de su casa con un mate en la mano.

 “Intentamos hablar sobre cómo vivimos y sobre cómo queremos vivir, contar y contarnos historias de personas que nos parecen admirables o increíbles, leernos fragmentos de libros imperdibles y ocasionalmente detectar algo por lo que valga la pena indignarse. Siempre con libertad, rigor, desenfado y el mayor de los respetos por el lector.” – encontramos en su página al definir qué es lo que hacen.

Asimismo, al definir qué es lo que hacen, reflexionan sobre la importancia del género en la Ciudad de Buenos Aires. Cuentan lo usual que fue la práctica de fundar una revista cuando un grupo de cuatro o cinco amigos querían decir algo, buscar trabajo o simplemente divertirse, destacando que, en su mayoría, todos ellos estuvieron dispuestos a perder plata con tal de concretarlo. Por otro lado, también se refieren a aquellos que estuvieron del otro lado – los lectores – y lo que éstas implicaron en sus vidas. “Antes de Internet y de que los diarios se animaran a tocar otras teclas, las revistas eran el lugar de los mundos paralelos, comunidades sentimentales políticas o estéticas y llaves metafóricas para cerrojos mentales muy reales.” Al leer esto (vengo leyéndo sus notas sin leer la humilde descripción que la introduce, casi tan grave como quien rinde un examen y se larga a escribir sin leer la consigna) que sentí la necesidad de escribir sobre esto.

Yo, a diferencia de amigos algunos mayores, no crecí leyendo revistas. No consumía Billiken, Genios, ni ninguna de esas. De adolescente, lo más parecido fue la Parateens, aunque lejos estaba de tener “algo que leer”, sino que era más bien algo visual: moda, lugares, fotos del galancito en auge y otras cosas de ese tipo. Lo mismo me pasó con los libros. Si no hubiera tenido la suerte de ir a un buen instituto de inglés, en el que se esforzaban porque incorporáramos literatura clásica e imprescindible como las obras de William Golding, Tennessee Williams, Shakespeare, Oscar Wilde, entre otros, quizás no me hubiera topado con uno hasta interesarme por la carrera de Ciencias de la Comunicación. O, peor aún, quizás no hubiera estudiado nada que implique pasar horas y horas frente a una hoja llena de letras.

Más allá de hablar hipotéticamente, me invadió una pena enorme cuando imaginé lo que todas esas generaciones sentían cada vez que llegaba a su casa la nueva edición de su revista favorita. Imagino, quizás me equivoco, que la información era oro. Que realmente eran valoradas y las notas exprimidas. Aún hoy me encuentro con algún artículo con título interesante pero que, a simple vista, parece demasiado extenso y lo hago a un lado, pensando que en otro momento abriré Google y despejaré aquellas dudas que me generó el tema. ¿Dónde queda esa pausa bellísima en la que nos entregamos a esas letras para descubrir aquello que nos quiere decir? ¿Y la pasión por las ediciones y sus papeles y gráficos y todo eso que las convierte en joyas?

Pienso, además, en aquellos otros millennials que todavía están a kilómetros de querer leer o, mucho menos, sentarse a escribir. Obviamente hay quienes sí acostumbran y disfrutan, pero son los menos. ¿Qué le depara, entonces, a las próximas generaciones?

No lo sé. Deseo que alguna de esas modas, como la que nos acerca los vinilos hoy, reivindique a estos pequeños mundos de papel y a todo lo que el mundo (pasado, presente y futuro) quiera escribir. De lo que sí estoy segura, es que La Agenda, con su estilo libre, relajado y fuera de serie, es un muy buen punto de partida para quien quiere abrirse a este tipo de lecturas y recuperar el tiempo perdido.

 

Lee La Agenda acá.