Bar du marché: Vino en copas y comida francesa

Hace unos días fui a comer con mi novio a un restaurante francés.  Él, fanático del vino, escuchó que ahí había buena oferta de vino en copas (no me refiero al precio, sino a la variedad) y enseguida quiso probar. Se llama Bar du Marché y queda en Nicaragua 6002. Es un lugar amplio, pero con pocas mesas, algo difícil de encontrar en un mercado en el que cuantas más mesas entran, mejor, aunque tengas que comer a los codazos con el comensal de al lado. Resulta muy cómodo e ideal para quien quiere disfrutar de una cena con poco ruido.

La carta cuenta con distintos pasos, dependiendo de la hora a la que vayas. Durante la cena ofrecen dos posibilidades: un menú de dos pasos (entrada y plato principal) y uno de tres que incluye el postre. Ambos traen bebida sin alcohol a elección y los vinos quedan por fuera. Nosotros, por suerte, optamos por el primero y digo de este modo porque más tarde concluimos que su característica principal es la abundancia y que no hubiéramos llegado al postre sin desabrocharnos el pantalón.

Empezamos con una copa de Pinot Noir Padrillos 2012 de Ernesto Catena, acompañada por una panera bien francesa con rebanadas crocantes y cubiertas de harina blanca, aceite de oliva para sumergirlas, un bowl con pepinillos y otro con aceitunas. El vino resultó amablemente liviano y escoltó perfectamente a la picada sin imponer su sabor.

El segundo paso fueron las entradas: un ceviche peruano intensamente ácido y dos variedades de quesos, un gorgonzola (quizás el más suave de los quesos azules) y un camembert digno de llevar ese nombre porque, a diferencia de los que encontramos en el supermercado, lejos estaba de parecerse a un brie por su delicioso olor a podrido.

Como plato principal, yo elegí un salmón du marché con papines y vegetales grillados que estaba espectacular. Odio usar ese tipo de palabras para describir, pero realmente la merece. Era liviano y preparado con materiales frescos y de buena calidad. Mi novio, carnívoro reprimido por la obsesiva los vegetales (quien les habla), optó por un cordero al estofado al malbec con cous cous que me sorprendió por su tamaño. Contrariamente a lo que solemos ver en restaurantes, el pedazo de carne era gigante, fresco y tierno. Y las porciones, tanto de cous cous, como de carne, eran iguales. Es decir, ninguno funcionaba de relleno engañoso.

El vino al que apuntamos para estos platos fue un blend de malbec llamado Perro Callejero de Mosquita Muerta, proveniente de Mendoza. Acá el experto es Andrés y debo admitir que fue una excelente elección: a temperatura ideal y su sabor frutado e intenso, pero sin gusto a alcohol, no se dejó intimidar por los diferentes sabores de nuestras comidas. Una cosita que nos sorprendió investigando la etiqueta, fue que la cosecha de este blend es manual y que se encargan minuciosamente de descartar los racimos que no cumplen con los requisitos estándares de calidad. Entiendas o no sobre vinos, este ritual le da un plus (que preferiría llamar “aura”) y que lo hace especial.

Como dato extra: en ese lugar funciona un restaurante de sushi a puertas cerradas en el que un sushi man (¡que etiqueta más rara!) sorprende a los comensales con una amplia variedad de piezas de las más raras. Para ir, hay que llamar y reservar con tiempo. De todos modos, la nota sobre esto quedará para el día en que vaya.