Cocinar sin recetas: libertad que trasciende la comida

De chica nunca cociné. De hecho, mi mamá tampoco lo hacía. Sí había platos básicos, lo justo y necesario para no morir de hambre y, cuando quería sorprendernos con algo especial, solía olvidárselo en el horno porque se ponía a hacer otras cosas y el plato misterioso terminaba negro carbón. No es una crítica, simplemente a ella no le interesaba y le daba lo mismo lo que comiera, mientras fuera alimento.

Cuando me vine a vivir sola a Buenos Aires, con casi dieciocho años, repetí esa costumbre durante un tiempo: fideos con aceite, una ensalada armada así nomás, una milanesa de soja y un tomate cortado. A veces, incluso, con una taza de cereales con leche bastaba. Con el tiempo, fui bajando diferentes recetas de internet que al principio seguía a rajatabla.

Un día, no sé cómo, empecé a innovar. Las recetas me parecían aburridas, sin gusto. Ponerle a un plato solo sal y pimienta me resultaba de triste que conformarse con la rutina de tener un trabajo que me permitiera llegar a fin de mes, aunque fuera poco motivador. Empecé a invadirlas, a modificarlas. A explorar. A darles “mi toque”. Lo escribo y se me viene a la cabeza la imagen del ratón de Ratatouille, la película de Disney.

El siguiente paso fue descubrir mercados diferentes. Me enamoré del barrio chino y sus especias, de los picantes, de los arroces especiales y de las pastas integrales de sabores atípicos como remolacha, tinta de calamar o zanahoria y jengibre. Me familiaricé con cada sabor, cada textura. El ajo fresco se convirtió en mi ingrediente principal. La sriracha. El ají molido. El jengibre fresco. La nuez moscada. Y más.

De repente, cocinar se había instalado como uno de mis pasatiempos favoritos. Los platos se volvían cada vez más ricos, fuera de lo común y hasta visualmente lindos. De la olla, pasaron al plato y de ahí a mis Instagram Stories. Después, directo a la boca de quienes me conocen o siguen (pero en palabras). “Quiero que me pases tus recetas”. “Invitame a comer”. “¿Qué es eso tan raro que cenaste anoche?”. “Vos que sabés de cocina…” ¿Qué significa saber de algo?

Ningún plato me lleva horas. Como no soy de comer carne, salvo pollo o pescado, ninguna preparación amerita un fuego lento (eterno). Siempre digo que el secreto es “ver qué hay y probar mezclas”. Aunque, admito, es más complejo que eso. Para mí, autodidacta en todo, es fundamental conocer los sabores. Si uno agarra un par de ingredientes y logra imaginar cómo se sienten, podrá imaginar también con qué queda bien, con qué no y hasta qué falta a la preparación para tener equilibrio perfecto. Una guía alternativa son colores, aunque parezca imprecisa: si al husmear la sartén, tenemos la impresión de que le falta, por ejemplo, un poco de rojo, no dudemos en seguirla porque va a traer buenos frutos.

Ahora bien, ¿la contra de este juego? Al no haber receta, nunca me sale igual que la vez anterior. El resultado dependerá de mis ganas, de lo que hay en casa, de las cantidades que me atrevo a mezclar y muchas cosas más. ¡Así que… rutinarios, abstenerse!

Cuando empecé a salir con mi novio, me sumergí en un mundo diferente y complementario: los vinos. Su pasión por esta bebida me enseñó el sabor que cerraba perfectamente la ecuación de mis platos. Ahora, cada vez que preparo algo, pienso con qué cepa maridar o mismo, anticipada, para qué cepa cocinar (obviamente, me sigue ayudando en su rol de experto).

¿A qué iba con todo esto? Escucho a mucha gente preguntarme cosas como que no saben con que combinar tal cosa, que tales ingredientes no pegan o, más desesperante para mí aún, que nunca escucharon que tal combinación estuviera aceptada. Como todo en la vida, mi pregunta es ¿quién dice que tal cosa puede o no ser? ¡Si de gustos no hay nada escrito! “Este es mi principal consejo a la gente: Aprende a cocinar, prueba nuevas recetas, aprende de tus errores, no tengas miedo, y sobre todo diviértete.”- decía la gran Julia Child, varios años atrás, defensora de la frase: “Nadie nace un gran cocinero, se aprende intentando.”

Si vamos un poco más allá de la cocina, ¿será una cuestión de miedo a romper ciertos límites, ciertos manuales? ¿Qué puede salir mal de combinar dos ingredientes que, efectivamente, no peguen? “Si uno no prueba, no sabe” nos decían de chicos cuando nos negábamos a ampliar nuestro repertorio de alimentos aceptados. Mi consejo en pocas palabras: Jugar, probar, mimetizarse con los sabores e imaginar.