No. No canto el tango como ninguna.

“¡Yo no canto el tango como ninguna!”- le grité a mi abuelo un día, cansada de que, tanto él como todos los adultos mayores que conocía, me gastaran con el famoso tango al mencionar mi nombre. No sabía por qué, pero me molestaba muchísimo.

La situación siguió (y sigue) cada vez que conozco a alguien conocedor de la canción y, con el tiempo, fue divirtiéndome la idea de renegar al respecto, tomándolo como una analogía para decir que no suelo ser ni hacer lo que otros esperan de mí. Es muy común en nosotros, humanos, que prediquemos ser de una manera que, en realidad, es más bien un ideal. Es decir, las ganas de ser algo que nos cuesta mucho o que, peor aún, es lo opuesto a aquello contra lo que sufrimos.

Bajo este lema tan rebelde, siempre traté de esconder, inconscientemente, a una chica bastante insegura, que trataba de agradar a los demás mientras se pisaba la autoestima con los zapatos (totalmente incómodos, pero a la moda). Tan mal no me fue, porque la imagen que formaron de mí quienes siempre me rodearon es la opuesta: alguien popular, con actitud, con onda para vestirse, inteligente… Me asombraba escucharlos y no encontrarme ahí. Aunque, ¿me hacía feliz?

No hace falta responder a esa pregunta. Siempre fui diferente y no hago ningún tipo de valoración sobre esto. Lo que a todos les gustaba, a mí me aburría. Si la onda era salir a bailar, yo prefería quedarme en casa mirando películas sobre la Segunda Guerra Mundial o alguna francesa que me rompiera la cabeza. Hasta ahí, no había problema. Sin embargo, vivía con miedo a quedarme sola. De dónde surge esto, no lo sé y tendré que verlo en terapia. De lo que sí estoy segura es que nada bueno podía salir de ahí.

Me mataba en la escuela y estudiaba dos idiomas para ser ejemplar, salía con mis amigas a los lugares más concurridos para no perderme de nada, hablaba sobre temas que me parecían de lo más superficiales y hacia infinidades de dietas para pesar menos de cincuenta kilos (hacía danza y había que estar bien). Podría nombrar un sinfín de cosas que hacía en pos de ser aceptada, todo aquel que lo haya pasado será capaz de completar estas ideas en su cabeza.

Un día entendí que el punto de partida eran mis propios fantasmas y que nadie me pedía nada. Que si se alejaban al mostrarme como soy, habría otras personas más afines a mí, esperándome en algún otro lugar, con las que podría relajarme y no temer a quedar en ridículo. Con las que, incluso, aprendería cosas nuevas que podrían resultarme muy interesante. Y que, de lo contrario, no ser parte de un grupo de amigas no era tan terrible. Cantidad no es calidad, ¿verdad? Y algo que aprendí: compartir tiempo conmigo misma también tiene su magia.

Yo pude vivir más liviana. Sin miedo, sin presión. Solté a mucha gente. Naturalmente se disolvieron varios de mis lazos forzados. Lo viví como un respiro, en lugar de padecerlo y se me abrieron puertas que jamás pensé que existirían. Soy feliz. Yo misma. Sin culpas.

Quizás me puse demasiado moralista, pero esto es algo muy normal y me gustaría que todos pensemos un poco para evitarlo. ¿Qué es estar solo? ¿Estamos realmente solos o no estamos viendo a los que de verdad están parados a nuestro lado, siempre? ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Vale la pena tanto esfuerzo? ¿Cuánto tiempo podremos aguantar?