Odiar la rutina, grave error

Un día me fui a vivir sola a 500 km de distancia de mi casa y de mis papás. Empecé la universidad y conseguí un trabajo de recepcionista en una empresa en la que prácticamente no sonaba el teléfono. Mis días se escurrían en un abrir y cerrar de ojos y mi angustia era proporcional a la poca emoción que había en ellos. Seguí así hasta que, no sé por qué, temí despertarme con treinta años más y no haber disfrutado ni registrado nada.

Enseguida empecé a delirar con que la rutina es siempre una mierda y que hay que destruir el sistema. Llegué a imaginarme cual campesina yankee de vestido floreado, botas tejanas y trenzas largas y doradas, ordeñando una vaca muerta de hambre y comiendo las humildes cosechas de mi propia huerta. ¿Para qué? Para pasar mi tiempo haciendo lo que realmente me gusta.

Ahora bien, ¿qué era que realmente me gustaba? No tenía idea. O sí, pero nada era tan grande como para llenar la carga horaria de días enteros y de por vida. Me conozco: inmediatamente caería en la depresión de: “me aburro”, “no tengo nada que hacer” o, peor aún, me la pasaría tejiendo extensas redes de pensamientos inútiles y depresivos de las que después me costaría salir.

¡Quiero vivir viajando!- pensé. Viajando, conociendo, leyendo libros en los trenes, fotografiando las cosas más insólitas y dibujando en cuadernos aplastados dentro de la valija hasta perderme en mi imaginación. ¡Perfecto! Ya sabía qué quería hacer pero para viajar hay que tener plata. Y para eso, hay que trabajar. ¿Vivir de changas por el mundo? Demasiado arriesgado para mi inexperiencia y carente plasticidad para adaptarme a lo que sea.

Ahí fue que entendí cual era el punto en todo eso. Lejos de los extremos, se puede trabajar y disfrutar la vida al mismo tiempo. En lugar de esperar grandes cosas, el verdadero placer lo tenemos frente a nosotros y solo necesitamos prestarle atención e incorporarlo a nuestros hábitos. El desayuno a la mañana, bajar unas cuadras antes del subte y caminar por el parque, un disco nuevo, una película, una clase de yoga al aire libre o una cena simple con una buena compañía. Todo empieza a tener color, sentido. Los días pasan con alegría y, de repente, juntamos lo suficiente para darnos un buen premio como, por ejemplo, conocer una ciudad que nos vuelva locos en las películas.

¿Es LA receta? No. Seguramente sea una de miles. ¿Funciona? ¿Qué perdemos con intentarlo?