De NY a Boston: De paseo en auto nuevo

A fines de junio viajé a Estados Unidos con mi novio, Andrés. Llegamos a Nueva York y desde ahí fuimos a Boston en un auto que alquilamos en el mismo Aeropuerto JFK. Los trámites en migraciones fueron express y en menos de media hora estábamos entrando a la oficina de Hertz para retirar el vehículo previamente reservado. Le sumamos un GPS y el cosito con el que pagás los peajes sin tener que frenar y desembolsar mil monedas. Como todo empleado de comercio de allá, la chica fue muy amable y nos explicó todo a prueba de tontos. Fuimos hasta la cochera que nos indicó y nos subimos al Nissan azul turquesa que encandilaba de lo limpio y prolijo que estaba. Mientras él memorizaba las funciones de un auto automático para no meter la pata donde no debía, yo intentaba hacer que el GPS arranque. No pude y tuve que preguntarle a la señora que estaba en la garita de la salida, quien me respondió: “Cuando empiecen a andar, se va a prender solo.” Ese tipo de respuestas te hacen sentir un estúpido, especialmente su cara de obviedad ante mi pregunta. Sin embargo, el coso ese no dio señales de vida. Dimos vueltas y vueltas por la autopista laberíntica hasta que, por fin, nos indicó el camino. Boston: allá vamos.

De repente, estábamos en un mega auto, estancados en la autopista que va desde Nueva York a Boston, al lado de camioneros metaleros como los que vemos en las películas, mujeres oficinistas en sus mega limusinas, familias numerosas en sus vans y camiones gigantes de las mejores marcas. ¿Cómo podía ser que el día anterior estábamos muertos de frío en Buenos Aires y ahora viajábamos en ropa de verano, en una escena de Hollywood, escuchando la radio en inglés? Esas cosas que a uno lo desconciertan por completo.

Una vez que salimos de Nueva York, el tráfico aceleró. Elegimos la ruta que bordea la costa y fuimos tranquilos, apreciando atotados cada cosa que surgía. No pude evitar hacer la comparación: yo, del interior, tengo la misma distancia desde Buenos Aires a Villegas que hay desde NY a Boston. Acá, una ruta angosta llena de pozos y camiones hacen que todo sea más lento y peligroso, allá, una autopista ancha, mucho más poblada, con carriles especiales, la señalización necesaria y asfalto impecable, convierten el viaje en un trámite de segundos.

Paramos en Millford, un pueblito bastante chico pero que, igualmente, tiene un centro comercial importante al costado de la autopista para que puedas parar a comer o lo que fuera. Entramos en un supermercado enorme que tenía todo lo que pudieras imaginar. La gente es muy del interior, pero no se privan de nada. Es decir, ser de las afueras no implica vivir con lo justo como pasa acá. Compramos comida hecha: un roll capresse y un sándwich de pollo, dos gaseosas, y nos sentamos en el auto porque nunca encontramos el comedor que nos indicó la cajera. Observamos un rato a quienes bajaban de sus lujosos autos a comprar vestidos de entrecasa y, después de un rato, seguimos viaje.

Quisimos probar suerte y cambiamos de ruta para ir por la zona de los bosques. Cambió el paisaje y la gente. Ya no había tantos camiones sino muchas familias en camionetas grandes que iban a veranear a no sabemos dónde. Cada media hora, aparecía un pueblo con centros comerciales en la entrada llenos de Mc Donalds, Subways, Farmacias, Wallmarts, Cinemarks y cualquier otra cosa que se les pueda ocurrir. Los peajes eran simples arcos sobre la ruta que tomaban tu patente y lo cobraran directamente de la subscripción de EZpass. En caso de no tener crédito en el EZpass, te enviarían la factura a tu casa. ¿Algo más cómodo que su filosofía de: “no te preocupes, nosotros nos encargamos”? Imposible.

Empezamos a ver edificios ultra modernos a los lejos y un cartel que anunciaba a la ciudad Connecticut. No estoy segura de qué cosas habrá ahí para ver, pero parecía alucinante. Rascacielos, puentes, edificios vidriados. Cualquier ignorante podría pensar que es la capital del país porque, en realidad, todas sus ciudades grandes son completísimas. Pensamos en todas aquellas películas en que se nombraba a este lugar: Revolucionario Road, Boomerang, The Curse of the Living Corpse y, seguramente, más. Nos resulta difícil de creer que hayamos pasado por ahí así como si nada. A pocos metros: montañas, lagos y bosques perfectamente cuidados.

Seguimos un rato por ese escenario hasta que Andrés quiso bajar a ver qué había. Pasamos por un arroyo pequeño, por un bosque y llegamos a un pueblo muy, muy, chico de casas de madera pintadas de blanco y tonos paseteles, con adornos de flores y banderas norteamericanas. Las calles eran de tierra y no había señal de tecnología más de que el alumbrado y cosas de ese estilo. El pueblo se llamaba Old Sturbridge Village. Algo que nos sorprendió, una sucursal del banco Santander Río, también construida con el mismo estilo. Teníamos un horario que cumplir para entregar el auto alquilado y no podíamos dar demasiadas vueltas, pero un viaje se vive completamente diferente con la libertad de moverte como quieras, parando en aquellos lugares que te llamen la atención.